ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

27 de septiembre de 1821

26 de septiembre de 2010

Mañana cumple México 189 años de haber nacido como país independiente, si bien sigue sin ser una fecha memorable, acaso porque el gobierno mexicano, apenas incipiente, se encargó de fusilar precisamente a los dos personajes que consumaron nuestra independencia, a Agustín de Iturbide en 1824, y a Vicente Guerrero en 1831. No es lo mismo recordar a héroes asesinados por extranjeros, siempre vituperables, que a héroes asesinados por los connacionales, menos aún si éstos tenían el mando.

 

El asunto se complica cuando pensadores de hoy, sujetándose a esquemas mentales de ayer, llegan al extremo de reprochar a  realistas conversos a la causa insurgente el apoyo decisivo que con tal cambio de postura dieron a la independencia nacional, como es el caso de Iturbide o de Pedro Celestino Negrete. Para tales analistas la historia debe ser pura y sus personajes parejos, de intenciones absolutamente cristalinas e inamovibles, ajenas por completo a la búsqueda del beneficio personal, así sea un salario, y lo suficientemente idealistas para no captar la evolución de los tiempos, pues de hacerlo corren el riesgo de ser denominados “oportunistas” por el dedo justiciero de los inquisidores posmodernos.

 

El bicentenario que aún estamos recordando, sea con costosos espectáculos, volátiles y efímeros, con maduros trabajos de investigación, o con novelas históricas, películas y estudios de “aglomerado”, bonitos pero sin solidez, nos ha llevado nuevamente a los extremos alimentados por casi dos siglos de historias oficiales, partidistas o tendenciosas, solamente que ahora se ha producido el salto dialéctico de la piscina del papel a la virtualidad de los medios audiovisuales.

 

Talento de mucha talla se requiere para ofrecer una visión de la historia lo más cercana a los testimonios múltiples y en ocasiones contradictorios de los que sí fueron testigos de los hechos; ese talento incluye la capacidad de generar los equilibrios que en la misma vida se dan a la hora de llevar al libro o a la pantalla la vida de los héroes. En caso contrario contemplará la ciudadanía, de por sí y por desgracia tan poco crítica, naufragar en el océano de una francachela demasiado resaltada, los ideales, aspiraciones y acciones desarrolladas por los actores significativos de nuestra historia, que es justamente lo que se les reconoce, independientemente de sus omisiones, estilo de vida, o errores públicos y privados.

 

Debieran tener muy presente todas las personas responsables de estudiar la vida y la obra de los héroes, que su función no es canonizarlos o demonizarlos, sino solamente destacar con la mayor veracidad posible aquellas acciones específicas y concretas que les han valido el calificativo de héroes, acciones en las cuales radica su ejemplaridad y que se relacionan evidentemente con los servicios trascendentes prestados a la nación o a sus regiones, sin omitir, claro, el contexto cotidiano de su vida, como un acercamiento a su densidad humana real y concreta.