ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

275 años

4 de octubre de 2009

En 1734 Guadalajara sufrió una de las peores calamidades de su historia. Un terrible temporal de lluvias trajo como consecuencia muertes por rayo y sobre todo, inundaciones y epidemias desatadas que golpearon severamente a la ciudad y a las poblaciones de los alrededores.

 

En esos lejanos años no contábamos todavía con una Secretaría de Salud, ni con aparatos fumigadores, medicinas de patente o sus equivalentes, de manera que la sociedad afectada por estas tribulaciones lejos de pedir a las autoridades municipales cuadrillas sanitarias, le pidieron algo mucho más efectivo, que se trajera a la ciudad a la Virgen de Zapopan, como ya se había hecho eventualmente desde 1691. Las consecuencias de esa iniciativa deben haber sido muy exitosas, ya que toda la comunidad juró que en delante traería la imagen de la Virgen a Guadalajara, cada temporal de lluvias, del 13 de Junio al 5 de octubre. Desde hace 275 años se sigue manteniendo esa costumbre convertida con el pasar de los tiempos en una de las tradiciones más antiguas y permanentes de Guadalajara, y que generó, de manera espontánea, otra igualmente importante, la llevada de la Virgen, que ahora llaman Romería.

 

Seguramente en 1734 la fe de la gente obtuvo notables milagros, pero ya era un milagro digno del mayor aprecio la unidad social que la presencia de la imagen producía, la confianza que daba a las personas para enfrentar sus problemas con mayor energía, el hecho de sentirse respaldados ante la furia de los elementos naturales y ante los retos mismos del destino, la capacidad que la imagen mariana desplegaba para que la gente superara las barreras de clase y de raza, y creara la verdadera comunión de criterios y acciones, elevando sus miras al logro de fines trascendentes, y dando a todos la oportunidad de aportar, generosamente, en la construcción de esa Guadalajara que ha llegado hasta nosotros. Esa es de por sí la función de los símbolos, que se refuerza cuando éstos tienen carácter religioso.

 

Es muy respetable desde luego el hecho de que en la ciudad de hoy coexistan personas afiliadas a todo tipo de creencias o de increencias, finalmente la sociedad tapatía, con madurez, abrió sus puertas a esta diversidad, pero tal fenómeno se sustenta en el respeto que todos debemos a la identidad histórica de Guadalajara, más allá de las posturas bíblicas, filosóficas o modernas de éstos y de aquéllos. Es decir, la imagen de la Virgen de Zapopan merece todo el respeto que se otorga a los símbolos de una comunidad, independientemente de que sea mayoritaria, porque su trayectoria la pone por encima del mero hecho religioso, situándola  en el campo de la cultura y de la historia; ese mismo respeto merecen las ricas y variadas expresiones culturales que su presencia ha suscitado entre nosotros, de manera particular la célebre romería que desde hace 275 años se hace con motivo del regreso de la imagen a su santuario, romería esencialmente religiosa, pero generadora de una gran fiesta de encuentro y convivencia, donde se expande el espíritu y se recrea de múltiples formas la expresión de las emociones.