ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

¿A quién contratamos?

22 de mayo de 2011

Cuando los afectados por el crimen organizado son familiares de personas influyentes en cualquier  campo, la respuesta suele ser muy amplia, como lo demostró recientemente la marcha encabezada y promovida por Javier Sicilia. Desde luego se convirtió en la voz de los que no tienen esa misma capacidad de convocatoria por ser solamente ciudadanos sin títulos ni calificativos. También es cierto que una marcha de esa naturaleza, las pancartas portadas y las múltiples declaraciones han podido en algún momento enviar mensajes ambiguos. Hay pues una pregunta apremiante que mantiene vigencia ¿combatir, negociar o claudicar frente a la delincuencia?

 

Claudicar sería un suicidio de estado con cargo a la nación. Negociar es una práctica que a la larga produce exactamente lo que estamos viviendo. Combatir por su parte se ha vuelto polémico en la percepción de numerosos analistas, quienes insisten una y otra vez en que la estrategia ha sido equivocada, sin que nos digan con precisión cuál sería la estrategia correcta, impoluta, sin daños colaterales, para enfrentar el desbordamiento bestial a que han llegado los delincuentes. Los miles y miles de asesinatos que se han producido en el país en años recientes no son fruto del enfrentamiento entre la fuerza pública y la delincuencia, sino sobre todo de la guerra interna entre las mafias criminales y el efecto de su acción sobre los ciudadanos. A los centenares de migrantes asesinados, secuestrados o extorsionados ¿les dice algo declarar que el gobierno se equivocó de  estrategia?

 

Negociar en última instancia sería entregar a la ciudadanía en manos de los asesinos, pero solamente a determinados segmentos de la ciudadanía. Negociar sería permitir el robo, pero sólo a determinados negocios, en determinadas zonas, dentro de un margen de tiempo. Negociar sería pagar una tregua para una región solamente en lo que pasa el periodo electoral. Negociar sería contratar a un grupo delictivo para que extermine al otro, en la ingenua esperanza de que cumplido el encargo, los sicarios comisionados se portaran bien. Esta negociación incluiría desde luego, dar permiso para que los narcotraficantes sigan envenenado niños y jóvenes, pero nada más los que vivan en tales o cuales rumbos.

 

Por lo mismo, no se trata ni de cerrarse a una única estrategia, ni de cambiarla por otra, sino hacer uso de todas las estrategias posibles, único camino viable, legítimo y democrático, lo cual enfrenta a los gobiernos con otra cuestión crucial: para lograr estos fines ¿a quién contratamos? Un altísimo porcentaje de mexicanos percibe su ingreso en el servicio público, de cualquier nivel y clase, como la calva oportunidad de su vida; si no es ahora, nunca. A partir de ahí claudican principios y valores, si los había, pues se mueven en un medio donde la socialización de la corrupción alcanza sus niveles más altos, al amparo de los fueros y la impunidad de que gozan.