ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

A veces la tele

21 de octubre de 2012

La televisión abierta no puede ser integralmente admirada por su fuerte carácter comercial que fracciona al infinito todo tipo de programas, y la misma programación que exhiben, sobre todo en materia de espectáculos, no es precisamente para felicitarlos, pues contribuyen poderosamente a generar masas embrutecidas por los anhelos de tener y divertirse, como si esas fueran las únicas razones para existir. Añadamos que hay diversiones que elevan la dignidad de la persona, y las hay adecuadas para sobajarla, como son las que hoy abundan en los medios.

 

No obstante debe reconocerse el trabajo de investigación y denuncia que ha venido haciendo el programa noticioso del canal 4 de Televisa, no porque creamos que basta denunciar para que las cosas cambien, sino porque la información constante es como una gota de agua, capaz de perforar la roca a fuerza de repetirse. Los campos en que la televisora ha incursionado son diversos pero los más sensibles han sido los relativos a la vialidad: accidentes provocados por conductores alcoholizados, estado de las carpetas asfálticas, impunidad de los infractores influyentes, abusos y crímenes del transporte público; de igual manera el monitoreo ecológico: condición del aire, de las cuencas acuíferas, de los colectores, de los bosques; periódicamente programas orientados a la recuperación de la identidad urbana, de las tradiciones tapatías, de la cultura de la ciudad.

 

A estos y otros temas hay que añadir con mucho énfasis el trabajo que han realizado en torno a un tema cada vez más odioso: la deplorable y decadente condición del Congreso del Estado, asunto del que se ha venido hablando por muy diversos medios televisivos y no televisivos, desde hace ya varios trienios. Que un Congreso de 40 diputados tenga más de 1300 empleados por lo general muy bien pagados y que se dé la casualidad de que esos empleados sean parientes, amigos, compadres o benefactores de los diputados, es un asunto que supera ya toda tolerancia.

 

De igual manera resulta comprensible que ni la ciudad ni el estado tengan suficientes recursos para mejorar su infraestructura, cuidar la existente o innovarla, si somos un estado con tan crecido y exorbitante número de burócratas por habitante. Claro que no hay dinero para nada, ya que todo se va en pagar a este infinito número de cortesanos. Trabajar en el Congreso, mejor dicho, estar en la nómina del Congreso es hoy por hoy la peor bofetada que los partidos dan a la ciudadanía, ya que la mayoría de estas gentes, incluidos desde luego los improvisados diputados, ganan lo mejor posible sin arriesgar nada, como en cambio arriesgan los policías y los soldados, a cambio de salarios mucho menores que a los devengados por estas pandillas perfumadas y demagógicas.