ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Adiós a la infancia

1 de mayo de 2011

La pretensión de todas las edades precedentes fue que los niños no heredaran los vicios de los mayores. Que no usaran las malas palabras que ellos empleaban, que no bebieran lo que ellos bebían, que no fumaran como ellos lo hacían, que cumplieran con deberes que ellos no cumplían, que estudiaran una carrera e hicieran un magnífico matrimonio. En este empeño contribuía tanto la escuela como la religión. La intención era buena aunque la práctica dejaba que desear, a fin de cuentas los niños acababan siendo siempre como sus mayores en lo bueno y en lo malo.

 

Los tiempos actuales ofrecen a los niños una gama tan infinita de educadores que hacen palidecer a las instituciones tradicionales. Estos nuevos tutores electrónicos y cibernéticos a los cuales se les presta la mayor atención, se les dedica la mayor parte del tiempo y en todo se les hace caso, han venido a competir exitosamente con padres, profesores y clérigos. Desde la era del Nintendo hasta los actuales recursos pareciera que la predicción de Huxley se ha cumplido, pero con modificaciones, no ha sido finalmente un gobierno totalitario el que ha monopolizado la tarea educativa, sino los poderes globales de la diversión, el entretenimiento y la información. Desde estas áreas se ha generado un nuevo perfil de niño pero también un tiempo cada vez más reducido para serlo. Nunca los niños habían querido seguir siéndolo por tan poco tiempo, ni nunca se había fracturado a tal punto su capacidad imaginativa en aras de su habilidad manual acertiva.

 

Tampoco había ocurrido que de pronto hubiese tan pocos niños, sobre todo en el mundo industrializado. Su reducción inició por motivos económicos, ya que la familia pequeña vivía mejor, decían, después se justificó su limitación por motivos de comodidad y abundancia, algo así como ser menos para disfrutar de más, y hoy día la tendencia de no pocas parejas es simplemente prescindir de ellos para que nada estorbe su prolongada dicha, pues la cultura actual afirma que el sentido de la vida es simple y llanamente divertirse al máximo evitando la más mínima distracción.

 

Estas realidades no impiden que siga habiendo niños que trabajan, que son explotados en la vía pública o en los talleres particulares, o aún más trágicamente, que la perversión observable en algunos integrantes de la sociedad, los hiciera víctimas de sus prácticas depravadas, dato en cierta manera inédito, explicable por la misma disolución humana y el temor a las nuevas enfermedades, así se contagiara a los mismos niños.

 

La comunidad humana no ha tomado todavía suficiente conciencia de este fenómeno ni de las secuelas que proyectará sobre la sociedad del futuro cercano, por lo mismo de poco ayudan los festivales del Día del Niño, si desde todas las estructuras que componen el tejido social no se toman seriamente las medidas adecuadas para reencauzar las actuales tendencias.