ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

¿Administradores o líderes?

16 de diciembre de 2012

Administrar y hacerlo bien es una importante función dentro de cualquier organización. Se administran acciones, bienes y personas, a las cuales hoy suele llamarse “capital humano”. Es una acción de tanta trascendencia que en casi todas las universidades existen carreras orientadas a la administración, sobre todo a la administración de recursos humanos en lo que se denomina “desarrollo organizacional” y su subsecuente “desarrollo humano”.

 

El administrador tiene desde luego su propio perfil, y en la medida que lo llena con excelencia, su trabajo es eficaz para el buen funcionamiento de cualquier organismo, pero no es un líder. El líder tiene un perfil distinto, su función es crear, diseñar, conducir, desarrollar visiones de largo plazo, persuadir a propósito de un proyecto, sabe a dónde va y a dónde quiere conducir a los demás, su mirada es de altura porque el líder busca siempre horizontes amplios, no se intimida frente a lo desconocido, por el contrario lo afronta, no teme los riesgos, los sabe manejar.

 

En contraste el administrador mira solamente lo que se le pone en las manos, ese es su trabajo, cuidar ese espacio, organizarlo, apoyarse en sus iguales para desempeñar bien su encomienda, que los recursos se apliquen según lo establecido, que cada quién, dentro de la empresa o institución, haga lo que debe hacer, pero no tiene proyectos que superen este su nivel de funcionamiento, no le corresponde, su tarea es administrar.

 

Con frecuencia en nuestro país y seguramente en otros, los roles se confunden, y en sitios de liderazgo se coloca a administradores, a la vez que se quiere ubicar a líderes en espacios administrativos. El resultado común es la parálisis de las instituciones, no necesariamente el caos, ya que un buen administrador siempre lo evitará, pero una institución que se frena, inevitablemente decrece, lo hemos visto no sólo en el campo empresarial o político sino aún en la misma organización de la Iglesia, por lo menos en los últimos años, una de cuyas evidencias ha sido el notable crecimiento de los grupos religiosos alternos, esto unido desde luego a otros factores.

 

La falta de liderazgo en el país, en los estados, en la empresa, en las organizaciones civiles y religiosas, constituye una grave carencia que ha mantenido a México en un rezago lamentable, fortaleciendo proyectos antagónicos tan destructivos como la delincuencia o la corrupción, la atomización religiosa, o la no menos perjudicial pérdida de identidad, de sentido, de dirección y, en consecuencia, de competitividad en todos los órdenes de la vida social, pues en ocasiones no hemos tenido ni líderes ni administradores, solamente paracaidistas que llegaron al poder gracias a manejos o espaldarazos, no a capacidades y experiencia. Desde luego no ignoramos que en ocasiones, personajes con naturaleza de líderes, han usado su liderazgo para aplanar el entorno, es decir, lejos de promover nuevos liderazgos, los han sofocado por razones esencialmente pragmáticas y con frecuencia de rivalidad o competencia.

 

En las pasadas elecciones, la sociedad mexicana y la de varios estados votaron por líderes que parecían serlo por el discurso y la mercadotecnia circundante, a partir de este momento a nivel federal, y de marzo, a nivel estatal, tendremos la satisfacción del acierto o la trágica constatación de un nuevo grave error con duración de seis años.