ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Aeropuerto “Internacional”

14 de octubre de 2012

Desde hace décadas Guadalajara cuenta con un aeropuerto internacional. La etiqueta le vino por el simple hecho de tener vuelos a los Estados Unidos, y últimamente también, por lo menos, a Panamá. Pero no bastan los destinos internacionales para hacer un aeropuerto internacional, peor aún si esos destinos de pronto se multiplican y casi a la misma hora llegan cuatro vuelos de Houston, Los Ángeles, San Francisco y Chicago.

 

Para comenzar el aeropuerto tapatío carece de la infraestructura adecuada que le permita recibir vuelos extranjeros directamente en la terminal aérea, todos deben quedar en plataforma de donde el pasaje es trasladado en camiones llenos de moscos a su segunda prueba, los controladores de migración. El espacio es desde luego opresivo, confuso y sofocante, largas filas de gente con cara de “jet lag” deben aguardar a que los señores agentes revisen sus pasaportes. Desde luego no es “enchílame otra”, Relaciones Exteriores no cuenta con agentes de reserva para el “inesperado” caso en que lleguen cuatro vuelos pletóricos de paisanos y no paisanos queriendo entrar a este hermoso país por la estrecha puerta jalisciense. Son seis, a lo sumo siete, si no es que de pronto dos desaparecen acaso urgidos por alguna necesidad impostergable.

 

El tercer desafío es de verdadera diversión: recoger las maletas. Como en todo aeropuerto internacional que se respete, el de Guadalajara ya tiene sus cuatro bandas con sus respectivas pantallas anunciando a que vuelo corresponde cada una. Desde luego el espacio de este sitio se diseñó con los mismos criterios del anterior; las bandas mismas parecen como de segunda o tercera mano, con un ruidajo de tortilladora incomparable, pero ese no es el asunto, sino que de pronto sucede que las maletas del vuelo de Chicago están resultando en la banda del vuelo de Los Ángeles, y las del vuelo de Houston andan bocabajo en la banda del de San Francisco, ¡qué dinámica la que entonces se genera! gritos de allá va una, la negra, la fajada, y correteos de un lado para el otro, y la incógnita del que se va arrimando, todavía creyéndole a las flamantes pantallas y que definitivamente ya no sabe qué pasa, sobre todo si es un extranjero norteamericano o europeo, poco acostumbrado a estas bromas aeroportuarias.

 

El cuarto desafío es pasar la aduana. Para comenzar, la permanente lucha en contra del contrabando ha traído a nuestra ciudad unas enormes maquinas de revisión de equipaje, por supuesto pocas, para lograr que todo mundo se amontone y tenga tiempo para contemplarlas. Todo objeto, maleta o tambache ha de cruzar por ese indiscreto túnel a cuyo final se halla un agente de postura desenfadada, uniforme a la desmedida y actitud rígida: ¿así que estuvo fuera tantos días, eh? ¿Trae regalos? ¿Qué compró? ¿Cuánto le costaron? Oprima el botón, y si le sale verde, ya puede enfrentar el siguiente obstáculo: la barrera de parientes, amigos y conocidos de los recién llegados decididos a no dejar pasar a nadie que no sea la o las personas que ellos esperan. Con mucha decisión y claridad de metas se llega, por fin llega, a la prueba final, el atraco del taxi, porque nuestro Aeropuerto Internacional no tiene servicios de traslado masivo a la ciudad desde el mismo aeropuerto, y los que tiene se ha cuidado muy bien de esconderlos o hacerlos impracticables.