ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Ajuste de cuentas

23 de octubre de 2016

La tendencia actual es reducir la función de la autoridad a explicar el cómo y el por qué ocurren los delitos. Entre estas explicaciones la más socorrida es el llamado “ajuste de cuentas”, término detrás del cual se quiere decir que la ciudadanía no tiene de qué preocuparse, que la violencia se da solamente entre bandas delictivas y la padecen quienes forman parte de ellas.

 

Otra tendencia muy vista es que las autoridades se dediquen a todo tipo de obras, acciones, iniciativas y giras ampliamente divulgadas como si a la ciudadanía, que vive todos los días sometida a la inseguridad imparable le consolara saber que Japón invertirá en Jalisco, que las mujeres jóvenes y ancianas tendrán nuevos apoyos, que habrá una agencia especializada en seguridad sobre la cual había como 40 dudas, que ya están reparando la estatua de la Minerva, que se cuenta con nuevos parques lineales y un sinfín de asuntos muy buenos si estuviesen precedidos de la condición básica que explica el ser y la razón de toda autoridad: garantizar la seguridad pública.

 

En un Estado que se respete nadie tiene permiso de ajustar cuentas a su antojo, ni puede la autoridad afirmar que son líos de los delincuentes cuando justamente esos “líos” afectan frecuentemente a los ciudadanos inocentes, de lo contrario tendríamos que admitir que en este país coexisten dos gobiernos, autónomos, insolubles y legitimados, el de la delincuencia, poderoso, irreductible, invasivo y expansivo, y el de derecho, corrompido, impotente, ineficaz y tal vez hasta coludido, pues aquel no existiría sin la permisión de éste.

 

Hace dos años testificaba uno de los flamantes integrantes de la “Fuerza Única” que la incipiente preparación recibida y la eventual eficacia mostrada se frustraba cuando el delincuente capturado exigía hacer una llamada a tal o cuál persona, la cual pedía hablar con el policía para decirle una simple, mágica e irrefutable palabra: suéltalo. De esas llamadas telefónicas la policía, los delincuentes y la ciudadanía saben de sobra.

 

Tendencia también cada vez más generalizada es acudir al desaseado expediente de mostrar las estadísticas, mismas que demuestran a la comunidad la forma en que se va reduciendo la incidencia de cada uno de los delitos en 1.2, o en 3.7, o en 2.3 por c iento, como si a las víctimas y a sus familiares les fuese de mucho aliento saber que bajaron las porcentuales en todas partes, menos en su caso personal. ¿Cómo decirle a quien ha sido víctima de un secuestro o tiene a un familiar desaparecido, que la estadística marca avances positivos?

 

Por otra parte, ¿pueden los políticos en funciones horrorizarse ante la posibilidad de que la ciudadanía se rearme? Tal vez, sobre todo si consideramos que ellos, sus familias legítimas y las que se junten gozan de la protección armada de guardias de seguridad las 24 horas del día.

 

Pero acaso lo que más molesta es mirar en los diversos medios de comunicación a los más variados políticos de los Tres Poderes y de los tres niveles, rozagantes, satisfechos, impecables, sin apuro alguno hablar y hablar de todo para no decir nada de lo que la gente espera: resultados.