ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Aún es tiempo

20 de diciembre de 2009

El manual de sobrevivencia con el cual venimos al mundo se reduce básicamente a nuestra dimensión instintiva, que si bien puede asegurar la vida de la especie no ajusta para sobrevivir como herederos de una civilización milenaria, que se ha construido invariablemente desde la dinámica social.

 

Esta necesidad ha generado a lo largo de los siglos manuales especializados lo mismo para construir que para destruir, según el lado donde se produzcan. Prácticamente todas las grandes religiones y las filosofías clásicas han aportado en la línea de la construcción individual y social, desarrollando principios, símbolos y rituales orientados al cultivo de una vida de proporción humana y no meramente animal. El éxito de estos caminos explica su prevalencia en el tiempo.

 

No obstante cuando la sociedad entra en etapas de turbulencia, los caminos de sabiduría filosófica o espiritual se ven relativizados y de momento relegados, haciéndose emergente el recurso al manual primitivo, con lo cual, efectivamente, volvemos a la ley de la selva. Siempre que esto ha ocurrido el número de víctimas se vuelve innumerable, es como una marejada destructiva que arrastra con su corriente cuanto encuentra a su paso. Cuestionadas las grandes instituciones, surgen como alternativa los placebos, que ni alivian ni nutren pero consuelan, aún si lo hacen a un costo muy alto.

 

Estamos recordando en estos días un aniversario más del surgimiento de una extraordinaria propuesta de vida para la humanidad y para el mundo, y vemos hasta qué punto la turbulencia contemporánea ha reducido ese gran proyecto a pura mercadotecnia. Aún si Santa Claus no forma parte de nuestros símbolos originales, verlo en un comercial seducido por una exuberante dama, nos habla de la decadencia a la que estamos llegando y la irresponsabilidad de quienes producen este tipo de anuncios.

 

No obstante nuestra sociedad conserva todavía con bastante vigor la celebración anual del nacimiento de Cristo, seguramente un festejo que involucra a la casi totalidad de la comunidad por encima de cualquier tipo de diferencias, divisiones o contrastes. Fascina bastante el decorado brillante y colorido de un árbol de navidad, o la creatividad que supone recrear el escenario de Belén en un nacimiento, símbolos éstos que deben llevarnos a su objetivo esencial, es decir, admirar a Aquél cuyo nacimiento ha producido todas estas cosas, y hacer realidad su mensaje a fin de que nosotros mismos seamos la expresión de color y vida que trae consigo abrirse a la propuesta de Jesús, nacido en un pesebre sin más compañía que la gente sencilla, comienzo de una revelación sin precedentes en lo que hace al arte de vivir con éxito en este mundo y en el otro.

 

Si al menos el cincuenta por ciento de todos los comerciales que vemos y oímos incluyeran la difusión del mensaje fundamental de la Navidad, es decir, ese otro manual para vivir en el mundo como seres humanos, la mercadotecnia misma se redimiría contribuyendo a divulgar los valores permanentes que han construido nuestra civilización: solidaridad, compasión, aceptación, perdón, igualdad, libertad, y comunión con todos los seres.