ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Calderón, una enseñanza

24 de enero de 2010

 

Aclaración inicial: no me refiero al actual Sr. Presidente de la República, sino a la Batalla del Puente de Calderón que acaba de cumplir su 199 aniversario.

 

Como acostumbramos hacer en prueba inequívoca de nuestra imparcialidad, indefinición, o indiferencia, seguimos conmemorando nuestras derrotas, tal vez porque no sentimos que fueran nuestras todavía, y seguramente por lo mismo tampoco nos da por celebrar nuestros triunfos, a menos que no sean contundentes, por eso celebramos el Grito de Dolores o la Batalla de Puebla, y no la consumación, esa sí contundente, de la Independencia; es en esa línea que se explica el que también en este feliz Estado se siga conmemorando la derrota del Puente de Calderón, batalla que puso terrible fin a la insurgencia de Hidalgo y pospuso por once años la anhelada emancipación de este territorio con respecto de España.

 

Cabría pensar que la herencia española que corre por nuestras venas nos hace ufanarnos del triunfo que en Calderón obtuvieron los realistas, aunque, caso insólito por más que comprensible, la estatua ahí presente se haya levantado no al Calleja vencedor, sino al derrotado Hidalgo, tan español de sangre como Calleja; sin duda somos compasivos con los perdedores y solidarios de sus fracasos. Los triunfadores en cambio suelen parecer amenazantes, sea porque nos obligan a cuestionarnos, sea porque ambicionamos su triunfo con el matiz de no querer asumir los costos que exige todo éxito.

 

No obstante deberíamos aprovechar la enseñanza de aquella derrota más allá de los discursos o el gusto por analizar y describir las batallas que en el mundo han sido. Tanto don Miguel Hidalgo como Allende tenían desde el principio todas las de ganar, su tropa era multitudinaria, tenían una buena artillería, magnífica posición, vituallas más que suficientes y el tiempo a su favor. El general español Calleja estaba en condiciones menos favorables, excepto en dos asuntos de la mayor importancia: dominaba una estrategia militar de vanguardia y presidía una tropa disciplinada. Los insurgentes optaron por fortalecer una posición ventajosa que sin embargo los paralizaba en su sitio estorbándoles maniobras de gran alcance, precipitando así un desenlace trágico que algunos benévolos atribuyen a un supuesto estallido del polvorín insurgente, tema sobre cuya veracidad los historiadores no se han puesto aún de acuerdo. Lo que ya había estallado en el campo insurgente eran las desavenencias entre los líderes y el común acuerdo que ya desde el principio se les había quebrado y no había hecho sino profundizarse.

 

Ahora como entonces, el país sigue contando con abundantes posibilidades en recursos humanos y materiales, pero no siempre cuenta con las estrategias de vanguardia ni la disciplina social necesaria para identificar los objetivos precisos y los medios correctos para lograr sus metas. Por si esto no bastara, a nosotros sí que nos estalla el polvorín de los protagonismos, las ambiciones personales y la maldición recurrente de nuestra historia: la proverbial capacidad de los menos aptos para escalar a las más altas posiciones y aferrarse a ellas con tanto más empeño cuanto más lamentables son sus resultados.