ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Caminos de Michoacán

28 de julio de 2013

Michoacán y Tamaulipas son apenas un ensayo de lo que le puede ocurrir al resto del país o le está ya ocurriendo. Son en efecto los frutos más maduros de procesos que comenzaron a gestarse desde los años inmediatos a la revolución.

 

Michoacán tiene dos pisos, y el de abajo se les está quemando, es la llamada “tierra caliente”, cuya humareda contamina el piso superior y se va metiendo rápidamente a las tierras vecinas de Colima y Jalisco; aquí en nuestro Estado, de la Rivera, frente a Yurécuaro, a los pueblos de la Sierra del Tigre, y la zona de Autlán, la vida de la gente se ha modificado sustancialmente a causa de la permanente inseguridad y la ausencia del estado de derecho.

 

Con justa razón, el Secretario de Gobierno federal, Osorio Chong, habló el pasado martes de un “recuperar el territorio”, confesión expresa de que en México se está viviendo una verdadera guerra, la más efectiva, la más difícil de controlar, la que más tiempo se prolonga, la guerra de guerrillas, cuyos integrantes exhiben una impresionante movilidad, combaten por medio de emboscadas, aterrorizan a los pobladores rurales, se sostienen de ellos, los usan de escudo, destruyen sus estructuras sociales y económicas, y provocan desbandadas. Ha sido el caso de otras guerrillas mexicanas lo mismo en la década de los años setenta del siglo XX, que en los convulsos tiempos de la “Revolución”.

 

“Recuperar el territorio” de la tierra caliente michoacana significa que el Gobierno ya no lo tiene, que lo está perdiendo también en las tierras altas, que la pericia de sus contrincantes refleja la calidad del adiestramiento que recibieron sus cabecillas, algunos de ellos ex militares, que fueron justamente capacitados para servir a México y luego se pusieron al servicio de un mejor postor.

 

Michoacán había venido siendo producción agrícola, maderera, y de manera muy especial, industria turística, lo mismo en la costa que en el altiplano, y en la tierra caliente. Hoy día toda esa riqueza, ya de por sí atada por las mil ataduras de su reciente pasado, se ha desplomado; más que vivir, la gente sobrevive, trata de mantenerse aún en las circunstancias de inseguridad permanente que enfrenta; en tanto el gobernador, enfermo, sigue con licencia, no renuncia porque los intereses partidistas se lo impiden, no gobierna, porque su falta de salud no se lo permite; en Michoacán, hoy más que nunca, gobiernan otros.

Por su parte la guerrilla avanza, su movimiento es envolvente, en crecimiento, en torno siempre a las capitales, donde abundan los medios de información y al final se acaba por no saber justamente lo que pasa en la propia región. Poco sabemos en Guadalajara de cómo ha sido tomada la región Norte de Jalisco, nada se ha dicho de las balaceras recurrentes entre la Rivera y Yurécuaro, de la inseguridad latente en Unión de Guadalupe o la Manzanilla, del acceso casi imposible a Jilotlán de los Dolores, o los dramas constantes que viven los vecinos de la región que va de Mascota a la Magdalena, donde los “blindajes” debieron ponerse mucho antes, y no resuelven el caso de los desaparecidos.

 

En la ciudad vivimos las llamadas telefónicas para extorsionar con hechos reales o supuestos, el robo generalizado de todo y dondequiera, los secuestros y las diarias ejecuciones, el “pago de piso” que deben hacer muchos comerciantes, la tensión pesada y agobiante de las fuerzas de seguridad, estén o no coludidas, y seguramente el penetrante dolor de cabeza que a muchos integrantes del Gobierno les genera su propia impotencia, con excepción, claro, de los diputados, cuya única genuina preocupación es debatir asuntos inútiles y obtener por ello las mejores ganancias.