ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Campañas electorales

29 de mayo de 2011

En vísperas de las vísperas de las precampañas electorales se advierte en todos los aspirantes la tensión y el jadeo propios de los caballos de carreras esperando el disparo inicial. La puesta en escena es repetitiva hasta en los precandidatos, si bien ahora compiten por otro cargo, práctica a la que ya están acostumbrados y que les asegura la continuidad en la nómina burocrática, pues desde el punto de vista de los partidos, el desempeño anterior ni abona ni impide el acceso al siguiente.

 

Caras sonrientes, espaldarazos,  brillo en los ojos, entusiasmo por competir y tantos otros detalles nos revelan que se mueven en otro mundo, un mundo lejano y distinto al nuestro, el mundo de la maquinaria política mexicana que avanza al margen del país pero engrasada por sus abundantes recursos. ¿Qué persona honesta y sensata pudiera siquiera pretender ese tipo de encargos, dadas las condiciones de la nación?, y de haberla, ¿mostraría la expresión del que se acaba de sacar la lotería?

 

Pero si en los aspirantes a las contiendas políticas luce esa feliz expresión es porque saben que de triunfar, no necesitarán hacer nada significativo para mantenerse en el puesto. Las pequeñas, medianas y grandes empresas seguirán devanándose los sesos para mantenerse a flote, las cientos de miles de asalariados seguirán tratando de sobrevivir con el miserable sueldo que reciben, los profesionistas se empeñarán en su trabajo y hasta sacrificarán su tiempo libre para seguirse especializando, los incontables mexicanos que militan en el subempleo harán lo propio toreando líderes y pagando cuotas; el costo para su salud habrá que pagarlo después, haciendo cola en las clínicas del Seguro Social o hacinándose en los pasillos de los hospitales civiles, y todo este ajetreo de vida habrán de realizarlo en medio de balaceras entre organizaciones delincuenciales, con el temor constante de ser asaltados en cualquier sitio, también en la propia casa, de ser víctimas de fraudes y chantajes, de malos tratos por parte de la burocracia, y, de darse el caso, empantanarse en laberintos de corrupción si pretenden buscar justicia.

 

Nada de esto viven los gobernantes, los senadores y diputados, los honorables miembros de la Suprema Corte, los jueces y los altos mandos de todas las esferas políticas, con sueldos estratosféricos, camarillas de guardias personales para ellos, sus esposas e hijos, seguros médicos en hospitales privados, vehículos de lujo, gimnasios, dietas, primas y regalías. ¿A quién no se le inundaría la cara de felicidad  si se le ofrece todo esto y más, a cambio de prácticamente nada?

 

Sin duda que en México uno de los peores crímenes es el secuestro, cualquiera sea su modalidad, pero hay un secuestro mucho mayor que a todos se nos escapa y del cual todos somos víctimas, el secuestro que impone al país el cartel de la política, esa compleja y costosa organización en tantos aspectos fraudulenta y delincuencial.