ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Ciudad tomada

6 de febrero de 2011

Hace ya varios meses en esta misma columna se hablaba de Guadalajara como ciudad sitiada. Las bandas delictivas en efecto se apostaban en Lagos de Moreno, en Tequila, en Jilotlán, e incluso se decía que una de ellas tenía su campamento en las inmediaciones de San Cristóbal de la Barranca, observaciones orientadas a la prevención por parte de ciudadanos y autoridades a fin de que dicho sitio no lograra su objetivo. Luego de un año Guadalajara amanece como ciudad tomada.

 

En el entre tanto ¿Qué sucedió? En realidad nada tan significativo como para evitar esta incursión de la violencia en cascada, ubicua, sincronizada, expansiva, bien acordada, sin escrúpulos, dispuesta a todo. En esta noble ciudad entonces sitiada, cada quién siguió su propia agenda, la policía correteando malandrines de tercera, el Congreso exhibiendo su sainete cotidiano, el Poder Judicial dedicado a la corrección de estilo, la universidad pública organizando marchas para obtener más dinero,  tandas de títeres a lo grande para distraer a la ciudadanía, los medios de comunicación aprovechando la contingencia informática, y funcionarios del más diverso nivel dedicados a proseguir su campaña con miras al 2012, desde luego usando tiempo y recursos que la ciudadanía les paga para que sean lo que deben ser hasta que concluya su mandato. Es muy probable que ahora estas personas estén pensando en serio cómo le van a hacer para continuar con sus proyectos personales sin que los distraiga de ellos este primer embate brutal de la delincuencia. Siempre alguien tiene que echar a perder la fiesta.

 

Desde luego la universidad no mostró esta vez esa extraordinaria capacidad que tiene de movilizar a las masas, para exigir un alto a la delincuencia y al consumo de drogas en sus mismos pasillos; fuera de alguna excepción, tampoco las demás universidades han hecho nada, ni ha pensado nadie en como reorientar la continuada serie de costosos espectáculos pagados por los contribuyentes en orden a modificar las actuales condiciones de nuestra realidad, y no sólo  ofrecer pan y circo a los aterrados ciudadanos.

 

El problema sabemos que no es nada simple, enfrentamos un Caballo de Troya con la entrañas saturadas de dinero, disponible para comprar a quien sea, pero también un Caballo de Troya cargado de enervantes que cada vez más gente exige como parte de su canasta básica, porque han comprado antes la creencia ciega de que sólo con droga pueden trabajar dos turnos, multiplicar la fuerza, soportar la jornada laboral, disfrutar más del antro, de la bebida y de todo otro placer. En tanto siga creciendo la demanda, seguirá creciendo igualmente la oferta. Bastaría echar un vistazo a esa Guadalajara nocturna de viernes y sábado, dando rienda suelta a sus adicciones, alienada e insensible a los efectos sociales que provoca su narcodependencia, para admitir que nos hemos vuelto esquizofrénicos, combatiendo de día lo que se hace de noche.