ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Compromisos notariados

29 de abril de 2012

El ejercicio de la política es la mayor y más poderosa fuente del agnosticismo mexicano. Todo lo que estamos oyendo en las actuales campañas no es sino la inveterada repetición de una técnica: el arte de prometer, y de un recurso: larga serie de ofrecimientos que se nos hacen a tenor de las limitaciones más sentidas del momento presente: seguridad, desempleo, obra pública, pobreza y empobrecimiento.

 

Como luego de tantos y tantos sexenios de promesas incumplidas, resulta realmente muy difícil seguir prometiendo, hace algunos años inventaron los imaginativos candidatos o sus desinteresados asesores, el recurso a los compromisos notariados; trabajo que desde luego muchos otros ni siquiera se tomaron, por más que con ello pudieran dar trabajo a los notarios. Prometen lo mismo pero ahora se obligan a cumplirlo en acta pública, con todo el rigor y la obligatoriedad que puede darle un señor notario. No sabemos si en esas actas estipulan las sanciones a que se harán acreedores en caso de quedar mal, pero a fin de cuentas lo que prometen, sea cual sea la forma en que lo hagan, no llena ya las aspiraciones de la sociedad mexicana, harta de discursos y placebos que solamente han prolongado y agravado los males endémicos que padecemos.

 

Queremos candidatos que, de llegar, se obliguen a cumplir con su mandato, sujetándose a una revisión periódica de su desempeño; queremos funcionarios a los que se les pague de acuerdo a sus resultados, y se les despida en caso de no cumplir según plazos cortos, y no todo el tiempo que dura un periodo. Queremos que se obliguen los que ganen a adelgazar drásticamente la nómina burocrática, a reducir al mínimo las partidas otorgadas a los partidos políticos, a rebajarse los salarios y las inauditas prestaciones que se dan a sí mismos los “servidores” públicos de los altos niveles. Queremos que los partidos integren legislaturas con muchos menos integrantes, pero profesionales en su campo, y que dejen de seguir compitiendo cada tres años por lograr ser peores que la legislatura anterior.

 

Los compromisos que quisiéramos escuchar y todavía no oímos, no van en la línea de promesas populistas para ganar la silla de gobierno o la curul, sino de compromisos para sacar al país del abismo de corrupción e impunidad en que se halla, y que tiene en la clase política su más alta expresión. Compromisos para acercar a las funciones del Estado y de la administración a las personas más capaces, no a los que ayudaron a pegar propaganda o acarrearon mayor número de gritones; y desde luego, el gran compromiso de llegar al cargo sin compromisos deshonestos.

 

Por el contrario lo que vemos son mítines convertidos en espectáculos denigrantes, o porque se manejan como conciertos rockeros, o porque se vuelven el tianguis de los milagros por venir, o porque son tan planos y huecos que se hacen insoportables. Es muy lamentable pensar que quien quiera sea el que gane, a juzgar por lo que vemos, nos recetará otros seis años de lo mismo, pero agravado.