ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Congresistas

23 de mayo de 2010

Correríamos el riesgo de equivocarnos si al pensar en congresistas evocáramos el modelo clásico del senado romano. Ciertamente se trataba de personajes cuyos títulos se habían adquirido luego de especiales servicios prestados al pueblo de Roma, pero siempre pesó sobre dichos senadores la condición económica. En esos lejanos y felices tiempos no se hacían senadores para volverse ricos, se hacían ricos para poder luego aspirar a senadores, riqueza que desde luego debían poner al servicio del Estado cuando así lo requiriesen las condiciones sociales. En todo caso se trataba de notables constituidos en una élite no carente de valor intelectual, con bastante pericia política y una experiencia probada en la “res” pública.

 

Cuando México se constituyó en una república democrática representativa con división de poderes, no estableció las estructuras adecuadas para la integración del poder legislativo, a no ser la condición básica de pertenecer a un partido, lo cual permitía el libre juego de las ideologías en la legislatura y la posibilidad de estar ahí representadas todas las corrientes de pensamiento que se dieran en la sociedad. La evolución de la sociedad occidental en todos los campos y especialmente en materia política ha generado nuevas condiciones que hacen urgente la revisión del pacto social que en su momento se estableció entre la comunidad y el Estado, trabajo que deberían de asumir las legislaturas estatales y federal, con el fin trascendente de adecuar las estructuras a la nueva realidad.

 

Un trabajo de esta naturaleza ni se puede realizar en tres años, a menos que se garantice la continuidad de los proyectos, ni tampoco se puede dejar en manos de legisladores cuya única función consiste en valorar las propuestas de sus asesores, toda vez que muchos de los señores diputados o senadores, llegaron a la curul sin el mínimo requerido para desempeñar un cargo de tal magnitud. Necesitamos congresistas de la más alta calidad abocados a la identificación de las cuestiones fundamentales que ayuden al progreso y desarrollo de las instituciones, y por ende de la misma sociedad.

 

Cuando las personas que ocupan las curules carecen de esta visión, se dedican a armar polémicas según los postulados más o menos manejados por sus partidos patrocinadores, gracias a lo cual se desarrolla la cadena improductiva de los alborotos, las primeras planas en los diarios, en los noticieros televisivos, las declaraciones a favor y en contra sobre el color con que se deben pintar las paredes interiores del Congreso, así como los temas de moda, que mientras más escandalosos sean, aseguran llenar por más tiempo los espacios muertos de un congreso sin verdaderas perspectivas.

 

No podemos presumir de la mala voluntad de nadie, aunque sí podemos valorar los resultados de todos en la medida que son públicos, así como insistir en la necesidad apremiante que tiene nuestro país de auténticos congresistas, capaces y visionarios.