ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Contexto electoral

11 de julio de 2010

La violencia ha sido el contexto omnipresente de la pasada contienda electoral. Violencia física, permanente y agravada en todas partes, incluido Jalisco, el estado donde todo transcurre oficialmente en paz, pese a las noticias de todos los días. Pero particularmente violencia ideológica producida desde el insólito hecho de las alianzas entre partidos no solamente peleados entre sí, sino en esencia opuestos.

 

Violencia delincuencial en contra de actores políticos que siembra una grave duda: Quiénes no fueron víctimas de estos atentados, ¿pactaron, negociaron, se comprometieron, o simplemente se escaparon?

 

Violencia partidista en contra de la democracia de partidos, que una vez más demuestra que un tal sistema ya está desfasado y por lo mismo no puede ser sino instrumento de una corrupción cada vez mayor.

 

Violencia en contra de la ciudadanía que habiendo creído, se supone honestamente, en el programa político-ideológico de un determinado instituto, debe observar como sus líderes se alían con otro al que jamás se hubiesen afiliado, al margen de lo que tal ciudadanía pudiese pensar.

 

Violencia en contra de la nación, pues tales acuerdos y negociaciones cupulares, revelan claramente que a los partidos no les importa un proyecto de país, sino solamente impedir que gane aquél aunque para ello tengamos que medio perder “nosotros”.

 

La caída del presidencialismo propició sin duda la emergencia de los partidos como nuevos amos de los recursos de México, oportunidad que no iban a dejar perder, y que ahora, con el relativo éxito de las alianzas, los hacen prever nuevas posibilidades para 2012, si de lo que se trata es de ganar por ganar, objetivo que incluye, desde luego, el ganar en términos de dinero y poder para ellos y su clientela; dinero público que curiosamente, apenas la gente lo da por vía de los impuestos, actúa como si lo hubiese perdido, como si no debiese pedir cuentas a nadie de su manejo, como si fuese el pago inevitable que exige un siniestro destino a cambio de que no nos vaya más mal de lo que ya nos va, expectativa ésta desde luego frustrada por el cotidiano deterioro de las condiciones de vida en este país.

 

Que la sociedad no se está beneficiando de estas alternancias resulta evidente, como evidente es que la causa de fondo haya que buscarla en la misma postración democrática de la sociedad, abiertamente estimulada por esta civilización del espectáculo que está vaciando los cerebros de las nuevas generaciones haciéndolas simples proveedoras de fuerza laboral.

 

Trabajar para divertirse es un lema que augura malos tiempos para el destino de las naciones, meta maquiavélica que cuenta con el apoyo de los medios de comunicación, los artistas en boga, la industria de los antros, y la inoperancia de escuelas, universidades y organizaciones sociales de todo tipo, incapaces y en ocasiones cómplices de esta degradación social.