ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Control de las plazas

18 de marzo de 2012

No sabemos cuánto vale Guadalajara, pero a tenor del número creciente de narcoadictos debe valer un dineral, como lo valen Cancún, Puerto Vallarta, Acapulco o la misma ciudad de México. Desde luego el valor de una “plaza” incluye otras variables, pero ya el solo consumo es relevante.

 

Lo que sí sabemos ahora con mayores elementos de juicio es el admirable control que tienen los cárteles sobre estados, ciudades y territorios, un control logístico y una capacidad de respuesta que da envidia. La compleja red de informantes de que gozan hace palidecer los servicios de inteligencia oficiales, que además acaban pareciendo inexistentes.

 

En menos de dos horas la Zona Metropolitana de Guadalajara tuvo 15  bloqueos documentados el pasado viernes 9 de marzo, en lugares muy distantes unos de otros, sin que se escapara el mismo Centro Histórico. Algo similar habíamos ya visto en Monterrey y en Morelia, demostrándose el alto nivel de organización y movilización que tienen los delincuentes al estilo de la guerrilla urbana más sofisticada.

 

Para que no nos desanimáramos, ya en la noche de ese mismo día fueron presentados ante los medios de comunicación un grupo de sujetos apresados por haber participado en dichos incidentes. Tuvimos que esperar mucho más para que fuera presentado ante los medios el causante aparente de todos estos actos vandálicos, aunque lo habían capturado antes.

 

La desusada prontitud de las autoridades para capturar malandrines obnubiló nuestra inteligencia haciéndola oscilar entre la duda o la sorpresa. Era sorprendente que hubiesen agarrado a tantos, y de seguro muy preocupante para sus entrenadores, acaso sobrepasados por la constante y rápida rotación de efectivos que se da en las filas de la delincuencia. Había también duda razonable por lo poco habitual de estas inmediatas aprehensiones. Ciertamente cualquiera podría pensar que ante el tamaño de la agresión se hacía mediáticamente indispensable si no capturar a los actores, por lo menos alquilarlos, aunque después ya nadie supiera ni se interesara por el destino final de los malandrines, fueran reales o de reparto.

 

Para acentuar este clima surrealista y darle ambiente de cuaresma aparecen posteriormente otros tantos “narcomensajes” donde la delincuencia pide perdón a la ciudadanía por las molestias que sus acciones hubiesen provocado: ausencia de clientes en restaurantes, cines, cafés, comercios y antros el fin de semana, abandono de clases y pérdida de horas laborales por adelanto en las salidas o ausencias en la tarde de aquel viernes, semiparalización del transporte público ya que los audaces choferes decidieron resguardarse en sus casas dejando a la población sin su atento servicio, socialización de un clima de terror apoyado por las innumerables incursiones en las redes informáticas no sólo por angustiados ciudadanos, sino también por malandrines específicamente contratados para hacer ese “trabajo”.

 

Desde luego que en éste como en tantos otros asuntos, el verdadero rehén sigue siendo la sociedad, lo mismo si los bloqueos los montan camioneros, estudiantes, agrupaciones civiles, o narcotraficantes, revelando en cualquier caso, la incapacidad de los ciudadanos para poder defender sus derechos sin afectar los derechos de los demás, y la misma incapacidad de las autoridades para velar por los derechos de todos.