ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Contundencia pericial

16 de marzo de 2014

La importancia de una declaración no radica en la verdad que contiene sino en la firmeza con que se hace. Si a la seguridad del declarante se le añade la magia del aparato científico en que pretende apoyarse, el efecto es mucho mayor. Afortunadamente para los declarantes y para quienes les preparan los discursos, este tipo de salidas suelen ser excepcionales. En México la justicia jamás ha sido igualitaria.

 

No hace mucho asaltaron una tienda de ropa, la dueña angustiada llamó a la policía apenas se fueron los ladrones. Los agentes de la seguridad pública llegaron, tomaron nota y ya para irse la dueña del establecimiento les preguntó si no iban a tomar las huellas… Por supuesto que no, esos recursos valen solamente para crímenes de alto impacto publicitario.

 

Los aguafiestas del momento son los medios de comunicación que no suelen borrar sus grabaciones, gracias a lo cual puede compararse la primera declaración sobre la primera muerte de don Nazario, con la segunda declaración sobre su segunda y más reciente y sentida defunción. La misma gravedad judiciaria, la misma contundencia pericial, la extenuante exhibición de pruebas, la cara de certeza y hasta de triunfo criminalístico.

 

Para beneficio de los implicados, este tipo de manejos ya tiene tras de sí una larga y fructífera experiencia; del siglo XX a esta parte se puede remontar a los aciagos días de la decena trágica, cuando mataron a Madero en los sótanos del Palacio Nacional y luego lo llevaron a fusilar a Lecumberri. A la infinita gama de crímenes disfrazados que perpetraron los caudillos de la revolución, que de los descarados no había de qué preocuparse. A los tiempos de los secuestros y los autosecuestros en la dichosa era de “arriba y adelante”. A la abundancia de datos fotográficos para demostrar que el asesino de Colosio capturado en el momento del crimen, era exactamente el mismo que el exhibido posteriormente, aunque no se parecieran ni en el bigote. Los mismos recursos comparativos se emplearon para jurar y perjurar que la foto del cadáver del “señor de los cielos” que se mostraba, correspondía fielmente con su original, que las diferencias y variaciones faciales se debían a los efectos de una operación estética fallida, y que cualquiera que pusiera en duda tales afirmaciones debería ser detenido por sospechoso.

 

Don Nazario debe haberse arrastrado de la risa cuando oyó los pormenores de su primera defunción, y ya no sabemos si estará haciendo lo mismo ahora que se anuncia la segunda, ni qué opinión tenga el “Chapo” acerca de su propia re-re-aprehensión, ni qué diga Raúl Salinas sobre su exoneración dizque por enriquecimiento ilícito, ni la opinión que le merezcan los jueces mexicanos a la ingrata secuestradora francesa, liberada por la pésima edición novelada de su captura, o si a los generales encarcelados les bastó que los liberaran con un dispense usted, algo nos falló en las averiguaciones previas, en las investigaciones periciales, en las declaraciones de testigos protegidos por la impunidad, en la redacción de las sentencias o en el conjunto del sistema judicial mexicano, que sabe jubilar a sus jueces con el premio mayor de la lotería.