ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Crónica bicicletera

22 de marzo de 2015

Como con un juego de serpientes y escaleras de la noche a la mañana amaneció pintado el pavimento de muchas calles de Guadalajara, en particular, del Centro Histórico. A la vez la gente, con cara de extrañeza, veía como se acondicionaban por aquí y por allá unos extraños muebles que luego resultaron ser estacionamientos de bicicletas, pero que no lo eran, aunque la desinformada población así los veía.

 

Al final del suspenso se supo que se trataba de un proyecto casi emblemático, convertir por el puro poder de la imaginación y el escritorio, una ciudad de autos en una ciudad de bicicletas. E imitando al hada bondadosa de la Cenicienta, surgieron los carriles exclusivos para la conducción de bicis, a veces por la izquierda, a veces por la derecha y en una misma calle, porque ya los tozudos automovilistas se habían persuadido de respetar al zigzagueante y obediente ciclista. Y en las esquinas se pintaron tapetes verdes con tamaña bicicleta, indicando que esa área era para el uso exclusivo de tal transporte, que debería ahí mismo acumularse, como en pista de carreras esperando el pistoletazo de arranque.

 

A estas alturas todo el trabajo de pintado, profesional, de calidad y duradero, se ha borrado, demostrando que la pintura rupestre, que aún pervive, era mejor que la utilizada en nuestra progresista urbe. Nadie seguramente lo ha lamentado, porque la mayoría de la gente ni supo de qué se trataba, comenzando por los propios ciclistas, que siguieron conduciendo sus vehículos por donde lo habían hecho siempre a despecho de los desteñidos carriles.

 

No deja de ser tentador seguir las rutas pintadas, cada una de ellas encierra su peculiar aventura, si es entre la banqueta y la línea de estacionamiento de autos, podrá probarse la resistencia de portezuelas y bicicletas en sorpresiva colisión, si es entre la línea de autos estacionados y el arroyo, la prueba será entre bicis y camioneros, ahora que si de pronto el carril ordena que te cruces justo de un lado al otro, el reto se vuelve extremo. Pero el civismo debe respetarse, si así lo marca el carril, así ha de hacerse.

 

Por lo pronto los peatones deben estar al alba, pues de donde menos lo esperen les puede salir un carril bicicletero, con raudo ciclista muy ufano de la suprema conquista de sus derechos. Cuídese también el sufrido usuario del transporte público, pues al subir o bajar de las flamantes unidades deberá observar si no le acecha uno de estos carriles exclusivos, o si por cuidarse de los autos va a toparse derechito con las orondas bicis.

 

Ya andan los señores justicia con el apuro de repintar su telaraña para que nadie olvide el despropósito del proyecto, si bien sería mejor hacer ahora lo que antes omitieron, informar, formar y apoyar su campaña educativa, amplia y prolongada, con el auxilio de voluntarios que en la práctica urbana directa ayuden a la población a conocer, usar adecuadamente y respetar tales vías, seguramente no todas, porque muchas resultaron ser suicidas.