ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Cuidando el puesto

10 de febrero de 2013

Es común en los mercados populares que cuando un dependiente debe ir al baño, le encargue su puesto al vecino. De inmediato cambia la perspectiva; mientras que el responsable no se cansa de ofertar su producto ponderando la calidad y el precio, el “encargado” apenas se medio preocupa de que no se roben la mercancía mientras el dueño regresa. Claro que su cortesía no le obliga a más, tampoco le van a pagar por los minutos que cuidó el puesto ajeno.

 

Lo interesante del asunto es que en numerosos espacios laborales existan personas que actúan exclusivamente como cuida puestos, lo mismo en la esfera privada que sobre todo y por encima de todo en la esfera pública. Esta anomalía obedece principalmente a la idiosincrasia del funcionario que se considera desde el primer momento de su gestión “presidente del empleo”, y por lo tanto en el deber de dar trabajo, o mejor dicho, salario, a parientes, amigos, compadres, parejas sentimentales vigentes o en aspiración, hijos o sobrinos de las parejas susodichas, así como a todos los chalanes que ayudaron al superior inmediato o al de más arriba en su ascenso al servicio público. Con esas intenciones compadristas resulta inevitable que la nómina burocrática crezca al infinito y que los beneficiarios, carentes de perfil para la función encomendada, se dediquen solamente a cobrar por cuidar el puesto.

 

Uno de los caminos más usuales para lograr este noble fin de generar empleos es el de crear comisiones e institutos de la más inimaginable especie, si no se quiere incidir en el burdo y súper usado método de crear consejos de asesores, y un infinito número de instancias bajo el prefijo “sub”. Ciertamente no pasaría de ser una sangría al erario si se tratará sólo de empleados fantasma en puestos fantasma, o de empleados ineptos en puestos inútiles, a fin de cuentas no se afectaría directamente a nadie, por más que todos paguemos ese tipo de corruptelas, pero cuando el empleado inepto, incapaz, indolente, es colocado al frente de un puesto que exige de verdadera idoneidad, de eficacia y capacidad, entonces la afectación es mucho mayor y de muy graves secuelas, porque ya no es cuestión nomás de estar cuidando el puesto, sino de generar resultados evidentes.

 

Por lo mismo no es descabellada la idea de generalizar los “exámenes de confianza” a toda la planta burocrática de los Tres Poderes, en todos sus grados y niveles, a comenzar por los señores diputados y los secretarios de Gobierno, cuyas tareas son de tan singular trascendencia que deberían ajustarse como ninguna otra a un perfil claro, exigente, bien definido e imprescindible. En la esfera privada estos exámenes se hacen bajo otros rubros, y cuando se dejan de hacer, se paga a precios muy altos. A ningún hombre de empresa le conviene tener a cargo personas incapaces, de ahí que en todas partes haya un tiempo de prueba antes de obtener un contrato definitivo, y aún después, la permanencia dependerá no de los padrinos o protectores, sino de los resultados que el trabajador produce.