ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

De obreros y albañiles

2 de mayo de 2010

A pesar del bicentenario del inicio de la Independencia, del centenario de la Revolución, de la declaración de los derechos humanos, y demás iniciativas similares, el lenguaje se resiste a cambiar el carácter peyorativo que se da a los términos de obrero y albañil. Nadie parece ver estos oficios como el mejor futuro para sus hijos, e incluso quienes los ejercen, no desean, en principio, que sus descendientes los continúen.

 

Este clasismo del lenguaje obedece curiosamente al nivel educativo, de apariencia y trato que muestran muchas de las personas que son obreros o albañiles, precisamente porque el salario que perciben no ajusta para elevar su condición ni, por desgracia, la de sus hijos, unos y otros deben de alguna manera reproducir el modelo, particularmente en estos tiempos en que las posibilidades reales de progreso en nuestro país se han ido desvaneciendo.

 

En cuanto a términos, obrero y albañil significarían lo mismo, ya que ambos trabajan en la “obra”, solamente que la obra del obrero mira al sostenimiento de la economía industrial, en tanto que la del albañil se especializa en la construcción de la infraestructura material de la sociedad. En los países desarrollados estas labores se han ido profesionalizando hasta alcanzar un buen nivel de percepción salarial, en México ha tardado este proceso.

 

Los tiempos actuales por otra parte no parecen ofrecer mejores expectativas. Las masas obreras viven cautivas del salario oficial, única forma honesta de subsistir. Ciertamente este mundo asalariado ha superado la condición que exhibía en vísperas de la Revolución, gracias a la cual obtuvo el derecho a sindicalizarse, así como las llamadas prestaciones sociales. Que la sindicalización haya sido lo mejor que podía obtener resulta discutible, aunque para el Estado la sindicalización ha sido por varias décadas un instrumento de control inigualable. Las prestaciones sociales ofrecen un beneficio más tangible, aún si la asistencia del Seguro Social es tantas veces más un insulto que un servicio. En cambio preocupa y alarma el creciente número de trabajadores que en este país se contratan a través de sistemas indirectos, renunciando tácitamente a toda prestación que no sea el salario fijado.

 

La inflación que sufre el país por su parte está afectando un salario que ya de por sí no está orientado a hacer progresar a las personas, acaso por lo mismo la televisión abierta ofrece cada vez mayor número de espectáculos degradantes, aptos para enajenar la mente y distraerla de la miseria creciente en que se vive. La lista de secuelas que esta situación está produciendo en México no puede, por otra parte, ser comprendida, ni lejanamente por personas que con derecho o sin él, ganan sesenta o más salarios mínimos al mes; desde luego es la minoría social, pero el costo lo pagaremos todos, pues no hay peor drama que carecer de futuro.