ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

De vida y muerte

8 de mayo de 2011

El pasado primero de mayo tuvo lugar una singular paradoja de alcance planetario. Mientras el mundo católico y miles de simpatizantes no católicos celebraban la memoria de un líder religioso caracterizado por su mensaje de paz y reconciliación, aún si no recibiera nunca el premio Nobel de la Paz, otro líder, que sí recibió este premio en anticipo, anunciaba la ejecución sumaria de Bin Laden, provocando una serie de manifestaciones cuyo regocijo y exaltación no podía sino asemejar a sus participantes con el perfil del personaje asesinado.

 

Las circunstancias de los hechos relatados y la fecha elegida para ubicarlos hicieron renacer hipótesis históricas y leyendas urbanas. Si ya no era trascendente mantener vivo al que había muerto, dicen, hacía varios años, resultaba en cambio provechoso matarlo ahora, en el marco del inminente proceso electoral norteamericano y de una crisis económica no superada. Añada usted la explotación del temor nacional ante posibles venganzas. Que le dieran por sepultura la mar océano fue de llamar la atención, si bien es posible que el público estadounidense acepte sin más las peregrinas explicaciones que para justificar semejante inhumación se han dado. Desde luego resultó claro que para nuestros vecinos del norte “negociar” con los delincuentes es un consejo para dar, no para seguir, de otra manera no estarían ocupando Irak y Afganistán, empeñados en hacer cacerías de talibanes reales o supuestos en una región que por otro lado, no lo olvidemos, constituye uno de los corredores más importantes, a nivel mundial, del tráfico y producción de drogas.

 

Interrumpir los noticiarios que daban cuenta de la beatificación más participada de la historia, con una asistencia de millón y medio de personas, para informar que la venganza había sido satisfecha, que las ejecuciones sumarias forman parte de la moderna democracia, lo mismo que las fosas clandestinas del océano, y que los malos muy malos no tienen derecho a un juicio, fue mucho peor que haber aceptado el hecho simple de que el malandrín más famoso del planeta hacía años que reposaba en sabrá Dios qué sepulcro, aunque eso comprometiera igualmente la mercadotecnia empleada para mantener invadidos los países involucrados, y satisfechos a los honestos contribuyentes del imperio más peleonero que hemos tenido.

 

Lo cierto es que pese al golpe publicitario, el asunto Bin Laden se olvidará muy pronto, no así la memoria de la beatificación de Juan Pablo II, pues la humanidad siempre tiende a conmemorar la vida, más que las notas rojas por muy impactantes que éstas sean. La paradoja final radica en que algunos democráticos periodistas no entiendan hasta qué punto esta beatificación fue pasmosamente empujada por la opinión pública universal, incluidos católicos y no católicos, y no por una supuesta búsqueda de “rating” por parte de la Iglesia, aún si frente a los hechos Juan Pablo II haya librado, como el Cid, su más reciente victoria.