ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Democracia institucional en picada

9 de enero de 2011

Desde hace ya casi 200 años se estableció en México el sistema democrático, pero no tanto una democracia social, cuanto una democracia institucional. La sociedad en efecto al no tener ni la formación ni la información correspondiente a este nuevo sistema político, fue simplemente sorprendida y rebasada por diversos líderes que aprovechando el vacío de poder dejado por España  impusieron un sistema democrático elitista. A la sociedad le correspondería seguir haciendo lo que  había hecho por tres siglos, pagar impuestos y no hacer preguntas sobre la forma en que éstos serían utilizados; en principio para tener seguridad y buen gobierno, cualquiera sea la cosa que por tal cosa se entendiera.

 

La elite en el poder se dividió en partidos. El sistema, cual maquinaria incontenible, debía establecerse con todo: separación de poderes y por cada poder una burocracia arribista y tumultuosa, ansiosa por aprender intensivamente una sola cosa, como perpetuarse en el puesto sin tener que desquitarlo.

 

Con el tiempo partidos, poderes, poderes para controlar a los partidos y a los poderes, y la correspondiente burocracia, lograron figurar en un presupuesto cada vez más orientado a mantener a estas gavillas que a mejorar las condiciones de la nación. Los salarios, decantados por niveles, se dispararon, y a todo mundo le quedó claro que alcanzar un puesto de primer nivel, podría resolver sus necesidades económicas por una o más generaciones. Frente al arca abierta de los recursos públicos, incluidos los destinados a la educación, los obtenidos por la venta de petróleo o electricidad, más esas extraordinarias entidades financieras que se llaman sindicatos, todo mundo perdió sus creencias ideológicas, éticas o morales y se dedicó a sacar provecho del provechoso puesto logrado, más aún considerando que la deshonra, el deshonor, la mala fama, la vergüenza pública y otros espectros por el estilo, no eran sino quimeras soportables cuando se nadaba en albercas de dinero. Los grandes cárteles de la droga supieron también en su momento saciar ansiedades de funcionarios públicos y acallar conciencias estrechas.

 

Por lo mismo, fue posible observar en el 2010 a un diputado protestar el cargo, a pesar del Poder Judicial, ser luego desaforado por el mismo Congreso que lo sostuvo, y andar ahora en calidad de prófugo rico, en tanto los cárteles envalentonados se hacían de medio país o hasta acababan presentándose en calidad de inocentes víctimas. Se ensañaban los secuestradores con sus víctimas y los familiares de sus víctimas, a la vez que ocurrían secuestros “vip” con trato súper “vip” y rescates ultra “vip”.

 

La enseñanza es clara: la democracia institucional se ha corrompido a tal punto que ya no podrá sino seguirse pudriendo e infestando todo lo que toca, es la gran cloaca en que todo político acaba por flotar, mientras el país se desploma. Lo correcto sería sustituirla por otro modelo democrático y dejar atrás el existente.