ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Democracia relativa

4 de marzo de 2012

La utopía democrática nos dice que en este sistema la sociedad elige a sus representantes de entre aquellas personas postuladas por los partidos políticos. Los candidatos, para lograr el voto, se hacen conocer, divulgan sus propuestas y se comprometen a cumplir responsablemente su función. Frente a este escenario, los ciudadanos, luego de maduro examen deciden dar su voto a quienes consideran responden mejor a sus expectativas, tanto individuales como sociales.

 

En un segundo escenario menos utópico sucede que los partidos políticos lo que buscan es hacer ganar a sus candidatos porque su triunfo representa un sinnúmero de oportunidades más o menos legales de adquirir poder y desde luego dinero durante uno o más periodos de gobierno. Desde esta perspectiva las metas de progreso y desarrollo social comunitario pasan a un segundo plano y se explota en cambio el interés de los individuos que se beneficiarían del triunfo electoral, no obstante que de esta acción resulten compromisos ineludibles que deberán ser satisfechos por el candidato ganador a expensas del erario.

 

A los simpatizantes permanentes e inconmovibles de los partidos se suman entonces los afiliados y los colaboradores y todos aquellos que están ciertos de obtener algo si la contienda favorece a sus candidatos, produciéndose en principio una situación de empate, al menos entre los partidos de mayor aceptación. Romper el empate posible, igualar los puntos de diferencia que marcan las encuestas, es algo que arroja de inmediato los reflectores sobre otros sectores de la sociedad, básicamente los indecisos y los líderes de poderes fácticos, legales o ilegales, cuyo apoyo se supone les atraerá el voto de tales o cuales conglomerados.

 

Negociar con los líderes de poderes fácticos es un asunto más delicado, ya que aumenta el número de compromisos y concesiones con que llegaría el triunfador, a veces al punto de encontrarse atado de pies y manos el día en que toma protesta de cumplir y hacer cumplir las leyes que rigen a esta nación. A la sociedad real, a la gente que lucha y trabaja es ya muy poco lo que podrá ofrecerle, pues hasta la menor acción de reforma o mejora estará bloqueada por las promesas hechas a quienes favorecieron su candidatura dentro del partido, al partido mismo, a los que le ayudaron en la campaña, a los líderes de tales o cuales sociedades o agrupaciones, incluyendo a veces a líderes empresariales, y en el peor de los casos a las propias mafias delincuenciales. La sociedad aparecerá simplemente como testigo y rehén de una democracia definitivamente muy relativa, donde la incomparable oportunidad de votar se ve atravesada por otros recursos que hacen del voto una vendimia tras bambalinas.

 

En principio la promoción del voto debería ser absolutamente abierta, penando con severidad todo otro tipo de recursos para obtenerlo, lo cual supondría otro tipo de instituciones democráticas y sobre todo, otro tipo de sociedad.