ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Desde la vecindad

28 de febrero de 2010

Las vecindades tapatías de antaño estaban constituidas por una serie de pequeñas viviendas a izquierda y derecha de un gran patio, en cuyo centro se ubicaban tanto los baños como los magníficos lavaderos, amplios, acanalados y con grandes pilas de agua. Ahí coincidían las vecinas a lavar la ropa propia con sus manos y también la ajena con sus lenguas. De esta ancestral costumbre de hacer tales o cuales cosas en común surgió la leyenda urbana de los chismes de vecindad, o más propiamente de lavadero, cuyo símil eran los pleitos y decires de las verduleras, ya que quienes se dedicaban a este comercio, también en vecindad, eran igualmente capaces de aprovechar los tiempos muertos y los vivos para medrar en las honras ajenas.

 

El poco sustento de los chismes, la vehemencia con que se reproducían, el estilo del lenguaje que se empleaba, la inclinación a generar escándalos para que todo mundo se diera cuenta, el carácter grotesco de gestos y la abundancia de señas y dengues dio a tales personas una fama bastante negativa por más que folklórica.

 

En los modernos tiempos de la tecnología vecindades y lavaderos tienen sus megáfonos en periódicos, noticieros televisivos, y, desde luego, en la Internet, por la sencilla razón de que lavanderas y verduleras las sigue habiendo más o menos con sus mismos estilos, pero no solamente en el lavadero o en la plaza, sino aún en los niveles más altos de la sociedad y de sus gobiernos, donde personajes variopintos son capaces de convertir una solemne cumbre de países latinoamericanos en el más divertido patio de vecindad, poniendo en duda las extraordinarias propuestas que apuntan hacia la constitución de una Unión Latinoamericana, semejante a la hoy poderosa y envidiable Unión Europea.

 

Desde luego que lo que pudo derivar en un pleito de pandilleros rijosos, dio ocasión a un pleito mucho más sutil y discreto, bajo la bandera de la conciliación: el esfuerzo de México por readquirir su papel histórico como líder de América Latina, frente al empuje de Brasil por afirmarse en este rol, tarea ya bastante avanzada, sobre todo gracias al patético papel que en materia de relaciones exteriores hizo México en el sexenio anterior. A final de cuentas, se optó por un liderazgo compartido, una mediación de países amigos para que los vecinos enemigos vuelvan a la buena vecindad, dedicados a lavar bien su ropa, evitando salpicar la ajena, máxime que por lo general los pleitos de comadres acaban en guerras de compadres.

 

Del modo que sea resulta evidente que el Presidente mexicano ha comenzado el año con bastante dinamismo, lo mismo en la esfera internacional que en la nacional, en lo que mira a la audaz reforma política propuesta. Falta conocer los sentimientos, emociones y pragmáticas respuestas de los países no invitados a la fiesta latina que propuso el señor Calderón, y desde luego, de prosperar, descubrir los mecanismos por los cuales se meterán de todos modos los primos del norte, sea mandando pagar los tragos, que provocando jaleos.