ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Días de gracia

27 de enero de 2013

En tiempos de las monarquías, cuando un nuevo rey subía al trono proclamaba un periodo de gracia durante el cual se otorgaban numerosos indultos en favor sobre todo de los presos. Este privilegio real tenía la ventaja de no requerir del apoyo o asesoría de una prolija Corte de Justicia que luego de sesudas deliberaciones y elevados salarios acabara determinando lo que el rey ya desde antes tenía decidido.

 

En la pasada semana México ha vivido sus días de gracia. Por un lado se plantea la posibilidad de que por lo menos dos de los militares de alto rango sometidos a juicio por presuntos nexos con el narcotráfico, sean inocentes, noticia que casi pasó desapercibida frente al glamoroso asunto de la señora Cassez, que definitivamente superó todas las expectativas.

 

Para comenzar, la señora salió del presidio como si fuese un importante magnate, rodeada de guardias, escoltas, camionetas y hasta con chaleco anti balas, esperada, seguida y perseguida por todos los medios de comunicación, habidos y por haber, ni más ni menos que si se tratara de todo un personaje de la farándula rockera. Sin duda debemos agradecer a “El Chapo” que en su salida o no regreso al penal de Puente Grande haya sido muchísimo más discreto. Desde luego debe reconocerse también la increíble disponibilidad de la línea aérea que llevó a madame Florence de México a París la noche misma del día en que fue liberada, sea porque su papá había reservado el vuelo con antelación, muy confiado en la decisión de la Suprema Corte, sea porque aun sin esa previsión, la línea hizo hasta lo imposible por darle un asiento a tan sin igual personalidad. Igual reconocimiento merece el emperador de los franceses, tanto el anterior como el actual, y las demás autoridades que decidieron recibir a la ex presidiaria nada menos que en el salón de honor del aeropuerto, donde la señora madre de la susodicha, con el candor propio de todas las madres, también de las francesas, dijo que lo único que sabía es que su hija andaba en muy malas compañías, lo cual desde luego no la privó de semejantes distinciones. Por cierto que algunos comentaristas del parisino diario Le Figaro dicen estar lejos de considerarla una heroína, tendiendo ligeras nubes de duda sobre la inocencia de la liberada, en medio del jolgorio general.

 

Seguramente por varios días los medios seguirán hablando del tema, de por sí nada novedoso. Hasta el señor agente del ministerio público más humilde sabe que en México basta con levantar mal un acta, o hacer mal una averiguación, para que un delincuente pueda ser liberado, lo cual desde luego genera un estupendo negocio para los actuarios que han de equivocarse previo pago. Si a eso se añaden montajes de telenovela, atentados a los derechos internacionales y humanos del detenido, malos tratos reales o supuestos, la puerta de la libertad queda abierta de par en par. Esto ocurre por una grave confusión de hechos; si los procedimientos no han sido correctos, si se han cometido faltas graves en los procesos, la autoridad misma debe sanarlos y, en todo caso, sancionar a quienes incurrieron en esas faltas, pero no pasar de ahí a la liberación de un detenido cuando existe una presunción probable de culpa. Si las víctimas que señalaron de manera personal y directa a la señora Cassez como cómplice del secuestro que sufrían, mintieron, que se sancionen, pero que no se atropelle su testimonio apelando a la serie de sandeces que declaró la otrora respetable y sobre todo honorable Suprema Corte de Justicia.