ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Doce años

7 de febrero de 2010

Entre los 10 puntos que conforman la propuesta de reforma política del Presidente Calderón, destaca la relativa a la elección consecutiva, hasta por 12 años, de alcaldes, regidores y diputados federales, buscando motivar el desempeño, madurar las gestiones municipales, aprovechar los talentos, y desde luego, ahorrar una descomunal cantidad de recursos que se vierten a causa de ser los periodos tan cortos.

 

El primer escenario en torno a tal propuesta nos habla de funcionarios públicos bastante capacitados para su trabajo que con la experiencia de la gestión lo enriquecen, beneficiando cada vez más a la ciudadanía, la cual desde luego estará siempre dispuesta a refrendar en el cargo a dichos servidores, pues han mostrado con los hechos su capacidad y eficiencia. Es decir, una visión ideal y paradisíaca del ejercicio burocrático que puede efectivamente ocurrir el día menos pensado.

 

Hay un segundo escenario menos hermoso. Los titulares de alcaldías, regiduría y diputaciones advierten la posibilidad que ahora tendrían para medrar por 12 años en su encargo, asunto nada despreciable. Conscientes de su ineptitud para detentar su oficio, seguirán desarrollando sus conocidas habilidades para mantenerse en el puesto de todas formas. Como primer paso se darían a la tarea de eliminar todo otro buen elemento cuyas cualidades puedan evidenciar los defectos del jefe, con perjuicio directo a la ciudadanía. La responsabilidad, el conocimiento, el liderazgo, y la misma honestidad, si se vuelven demasiado explícitas, le crean problemas serios al titular si carece de todas ellas, o al menos no las posee en el grado necesario.

 

Sabiendo que la posibilidad real de su reelección radica más en la opinión de determinados elementos de la sociedad, que en la sociedad misma, buscará la forma de cautivar, seducir, o francamente sobornar y corromper, así sea con disimulo, a aquellos que pueden tomar la última palabra en lo que a su destino se refiere. En caso de no poder comprarlos, tratará de eliminarlos por los diversos medios a su alcance.

 

Desde luego, buena parte de los recursos públicos de que disponga los invertirá no en el bien común, sino en el cultivo de su propia imagen, exagerando sus aciertos y ocultando astutamente sus limitaciones, tarea para lo cual cuenta con los infinitos recursos de la mercadotecnia y los impolutos medios de comunicación. Siempre que deba rendir cuentas a la comunidad acerca de su actuación, pondrá énfasis en lo positivo, mitigará lo negativo o simplemente ni siquiera lo mencionará. Todos los municipios se convertirán en el país de la fantasía, donde todo está bien, donde nada sale mal, y cualquiera que diga o piense lo contrario forma parte de la perversa oposición, o de la deslealtad de sus colaboradores, mismos que saldrán inmediatamente de la nómina.

 

Por lo mismo nos queda claro que antes o contemporáneamente a toda reforma política, lo que urge es educar e involucrar al mayor número posible de personas en el ejercicio de la democracia con todas sus exigencias, pues solamente entonces el escrutinio permanente, objetivo y honesto de la comunidad podrá garantizar que ésta o cualquier otra reforma sean verdaderamente efectivas.