ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Domingo de Pasión

17 de abril de 2011

El Domingo de Ramos se lee en todas las iglesias el relato de la Pasión de Cristo, es decir, la serie de hechos que concatenados produjeron su aprehensión, juicio, tortura y ejecución hace ya casi dos mil años.

 

Por efecto del tiempo y de la posterior comprensión de los hechos, nos parece que todo lo que le ocurrió es  irrepetible y tremendamente injusto, precisamente porque ahora sabemos que Jesús era inocente, que fue víctima de intrigas y conjuras  bien orquestadas, de testigos interesados en desacreditarlo, de poderosos hombres de religión con la suficiente capacidad para manejar un proceso de acuerdo a sus intereses, buscando alianzas con otros magnates de su misma ralea.

 

Los acontecimientos finales de la vida de Cristo fueron el ajuste de cuentas de cuantos se sintieron amenazados por su grandeza y la extremada libertad de su espíritu. Dado que Jesús no era un político en campaña, actuó libremente, cometiendo los “errores” en que ningún político incurre. Hablaba sin temor, predicaba de manera exitosa, hizo incontables beneficios a todo tipo de gente, trató a cuanta persona quiso, de buena y mala fama, criticó abiertamente las formas y maneras en que los poderosos de su tiempo ejercían su dominio  en los ámbitos político, económico y espiritual. Que la gente dijera que nadie les había hablado como Él, que Él no era como el común de los rabinos y maestros de la ley, fue más que suficiente para que los celos se desataran evidenciando la decadencia de los líderes religiosos del momento y lo que es peor, el grado de su corrupción capaz de llevarlos a cometer cualquier delito con tal de deshacerse de alguien que los superaba, o como por aquí se dice, les hacía sombra.

 

Desde luego la opinión pública carecía de información suficiente para decidirse a favor o en contra de Jesús, por lo mismo oscilaba. Los grupos intermedios recibían información contrastante, y los enemigos ocultos o declarados se amañaban enviándole espías, y lo que es aún más inmoral para su estatus religioso: poniéndole trampas y alterando testimonios, todo dentro de un proceso que a la larga debía dar el resultado esperado, eliminarlo porque era un competidor exitoso. Para ello se requirió de acusaciones concretas: “bebedor, amigo de prostitutas y gentes de mal vivir, blasfemo, cuyo éxito se debía al poder de Satanás”, y si esto no impresionaba al poder imperial romano, pues “enemigo del César”, nomás.

 

El recuerdo de estos hechos y la comprensión de su incomparable trascendencia originó la “Semana Santa”, tiempo de reflexión y gratitud, tiempo de compromiso para que a nadie se le vuelva a hacer lo que se le hizo a Jesús, aunque por desgracia tantas veces los propios cristianos, se hayan dado razones para repetir los mismos hechos con distintas víctimas, desde luego solamente humanas, pero no por ello menos dolientes.