ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Domingo de Ramos

24 de marzo de 2013

No hay persona más incómoda que la persona libre. No se le puede chantajear, tampoco se le puede asociar, ni siquiera vale amenazarla, relegarla, o impedirle el ascenso, porque las promociones le tiene sin cuidado. Si además se trata de un personaje avalado por un sector significativo de la sociedad resulta bastante difícil acudir al extremo recurso de asesinarlo, cuando mucho se puede intentar un crimen moral, pero llegar al físico exige de medidas más sinuosas.

 

El ser humano, con frecuencia poblado de pesadas sombras interiores, no una sino incontables veces ha generado odios y envidias, que despiertan su ingenio para la maldad; sin embargo cuanto más encumbrado está el que desea la destrucción de otro, más difícil se le vuelve hacerlo de manera explícita, a menos que se trate de un dictador carente de todo escrúpulo. Pero cuando quien busca aniquilar a otro, por la razón que sea, milita en los espacios religiosos, el asunto adquiere un aspecto de sinuosidad y perversión increíble, peor si ocupa posiciones de liderazgo.

 

Que un líder religioso, garante de la moral, de la justicia y el derecho, de la compasión y la bondad, sea capaz de pervertir a sus colaboradores para volverlos cómplices de una poderosa intriga constituye una aberración imperdonable, pero ha pasado de tiempo en tiempo y ninguna religión se ha escapado de semejantes asuntos; no obstante el caso de los supremos líderes de la religión judía en tiempos de Jesús se convirtió en el más conocido en lo que mira a este tipo de intrigas; eso no significa que fueran los únicos, ni los más crueles, ni mucho menos los últimos en hacer tales conjuras.

 

Los pasos que dieron para lograr su objetivo no eran por lo demás novedosos. Sacar del contexto la enseñanza de Cristo, tergiversar sus afirmaciones, espiarlo constantemente, ponerle trampas de todo tipo, manipular el resultado de las trampas y los informes de los espías, contar con diversas personas dispuestas a desprestigiarlo, y aprovechar la libertad y la novedad con la que Jesús hablaba y actuaba completaba muy bien el cuadro, era el inveterado recurso de generar ambientes desfavorables en torno a la persona a la que se desea perder y aislarla a fin de que en un momento dado la opinión pública, que siempre ha existido, y siempre cambia de opinión, aprobara aún su asesinato, de ser necesario.

 

Y lo consideraron necesario, porque un odio tan consistentemente alimentado no puede satisfacerse sino aniquilando a la víctima. Utilizar testigos pagados y soliviantar a la multitud al momento del juicio, fueron ya el toque final para una conjura que llevaba tiempo perpetrándose. Desde luego todo el asunto radicaba en hacer parecer que el procedimiento era justo, correcto, apegado a la ley, que la víctima era en realidad un delincuente, que merecía el trato que recibía; los sumos sacerdotes y los garantes de la moralidad pública no iban a encarnizarse con un inocente, si lo entregan a Pilatos, es porque estaban bien persuadidos de que Jesús era un criminal; se persuadieron a sí mismos, persuadieron a los demás, y exigieron que fuese crucificado, para luego irse a rezar salmos, a celebrar la gran fiesta religiosa, y a comer y brindar felices, sin personas incómodas. Ojalá y una intriga de ese tamaño nunca más hubiese vuelto a suceder a nadie.