ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Don Enrique Estrada Faudón

4 de agosto de 2013

Naturalista, botánico, ecólogo y geólogo mexicano, así lo describe de manera sumaria la enciclopedia de los internautas. Pero eso puede serlo cualquier persona dedicada a tales estudios, de ahí que las meras descripciones, carentes de adjetivos, no revelan el verdadero significado de las personas y de sus obras, aún si el aparecer en sus páginas es ya indicio de su grandeza.

 

Don Enrique Estrada era un hombre de ciencia, extraordinario comunicador, dotado de una memoria prodigiosa y una calidez humana incomparable. Conocía con el lujo de los detalle las estructuras de nuestro planeta, lo cual lo llevó a realizar importantes estudios de campo en diversas regiones de América, Europa, África y Asia; de manera específica y muy sobresaliente dominó el conocimiento sobre la parte que del mundo corresponde al occidente mexicano: sus suelos, sus serranías, sus mantos freáticos, sus características hidráulicas, su diversa vegetación, su clima y sus ciclos. Discípulo y amigo del padre Severo Díaz, compartió con él su interés por las cosas de la tierra hasta llegar a conocer lo mismo su coraza externa que sus profundas capas, con los nombres correspondientes en el léxico profesional y en el coloquial.

 

Dedicar toda la vida a estos estudios y hacerlo con las cualidades del científico generó una enorme riqueza para el conocimiento en estos campos. Saberlo divulgar, convertir el asunto más árido en una amena conversación era ya un plus que solamente don Enrique sabía hacer y lo hacía con verdadero gusto; disfrutaba investigando y escribiendo lo mismo que disfrutaba enseñando, aspectos que revelan los alcances de su vocación.

 

Como buen científico podía parecer huraño, pero sólo era apariencia, detrás de esa presencia magistral militaba siempre un hombre que jamás perdió su espíritu juvenil y sencillo, de buen humor, incapaz de tomarse en serio, porque la seriedad la dedicaba a sus estudios no a su autocomplacencia. Como los buenos tapatíos de todos los tiempos, don Enrique fue un hombre austero, totalmente ajeno a ese otro mundo regional de las habladurías y los chismes, discreto, respetuoso, incapaz de poner en mal a persona alguna, siempre en cambio dispuesto a valorar a los demás, a ayudarlos en todos los aspectos, pero como es natural, incidiendo siempre en el campo educativo.

 

Pero don Enrique fue también médico, neurólogo y psiquiatra, y mucho gustaba de contar la forma en que don Severo Díaz le salvó la vida cuando estuvo a punto de ser agredido por un paciente en estado psicótico. En estos estudios obtuvo igualmente notables resultados tanto en el campo de la investigación como en el ejercicio profesional que nunca descuidó, a pesar de la atracción dominante que sobre él tenía el estudio de la geología; tal vez por eso la enciclopedia virtual se olvidó de mencionar esa otra faceta de su fructífera existencia.

 

Su trayectoria le generó diversos reconocimientos así como el liderazgo de organismos científicos bastante bien acreditados dentro y fuera del país. Su forma de ser humano le trajo admiración, estima, gusto de estar con él, y un sincero pesar porque ya no está entre nosotros. Don Enrique nació en Guadalajara, en 1927, y en Guadalajara ha muerto a los ochenta y seis años de edad.