ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Educación en curso

13 de septiembre de 2015

¿Se imagina usted lo que podría hacerse con 305 mil millones de pesos? Esa es la cantidad que México destinó este año para la educación pública.

Pero hasta la fecha ni esa ni cualquier otra cantidad ha sido suficiente para lograr una serie de retos que permanecen abiertos: elevar la calidad educativa e igualarla en todo el país, elevar la capacidad pedagógica del magisterio en todo el sistema educativo mexicano, nivelar la infraestructura nacional, actualizar los programas educativos para que generen una nueva sociedad creadora, competitiva, cualificada, que sea contemporáneamente honesta, honrada, responsable, democrática y solidaria. Sin duda que dadas las actuales circunstancias, cada una de estas palabras exige de explicaciones, añadidos, aclaraciones y desgloses para escapar de la demagogia del discurso político y convertir los sustantivos en genuinos verbos operativos y conductuales.

No basta con saber qué significa la palabra honestidad o creatividad, se requiere convertirlas en actitudes cotidianas, promovidas, reconocidas, y estimuladas. ¿Puede lograrlo un maestro que se ostenta con título de licenciado sin serlo? ¿Puede hablar de honradez quién justifica el robo o el abuso con las más elevadas razones? ¿Le toca hablar de responsabilidad a un maestro que encubre su incapacidad cambiando de tema? ¿Y cómo enseñarán democracia quienes forman parte de sindicatos autocráticos y aún dictatoriales sin inmutarse? Nada sería más paradójico que buscar incentivar la creatividad desde un ejercicio magisterial pasivo, repetitivo y anticuado. Sobra mencionar casos tan lamentables como son los magisterios de Oaxaca o Guerrero.

Por su parte, la igualación educativa exige romper la barrera que el tiempo y la idiosincrasia han puesto entre el sur y el norte de México, dejando en el rezago a los estados del sur en comparación con los del norte.

Otro reto igualmente exigente aunque pareciera tan simple es adecuar los calendarios y los horarios escolares para que colaboren con otros aspectos de la dinámica social que con frecuencia parecen olvidados, particularmente las instituciones de educación superior, que imponen a sus alumnos dos horas de clase por la mañana y tres por la tarde, gracias a lo cual no pueden obtener un empleo que les ayude económicamente, y si deben erogar dinero en transporte, así lo paguen con bienevales, que no deja de ser recurso público malgastado con este tipo de horarios, más pensados para favorecer a los profesores que a los alumnos, a la sociedad, a los inmuebles escolares, a la economía familiar, a la movilidad y al medio ambiente, ya tan deteriorado por el tráfico vehicular.

Claro que si sumamos todos estos factores, el costo de la educación en México aumenta mucho más allá de esos 300 mil millones de pesos y fracción, suma igualmente relativa si se considera la importancia del rubro, pero excesiva si se compara con los resultados. Habrá que seguir presionando para que a la actual y controvertida reforma meramente laboral en el campo educativo, le siga una auténtica reforma del sistema educativo nacional que responda a los retos antes enunciados, en ello será decisivo el involucramiento de la entera sociedad.