ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El águila y el dragón

9 de junio de 2013

El 15 de mayo de 1911, 303 chinos fueron asesinados en Torreón por las tropas maderistas de Benjamín Argumedo única y exclusivamente por odio racial y despojo. Se fortalecía una campaña en contra de los chinos que no terminará sino hasta 1934, año en que el presidente Lázaro Cárdenas abrogó las disposiciones legales que contra ellos había establecido el presidente Obregón en su momento, más por humanidad que por atención a un antiguo imperio que se resquebrajaba.

 

Luego de un largo proceso que inició definitivamente en 1949, China ha vuelto a ser el imperio respetable que siempre había sido, sin dejar por ello de mantener las mismas contradicciones que han acompañado su plurisecular historia, sobre todo la más lastimosa: un estado poderoso montado sobre una sociedad crónicamente pobre, numerosa, muy trabajadora, generadora de productos de incomparable calidad cuando y con quien quiere, lo mismo que de infinidad de chatarra nueva.

 

México había ya iniciado un nuevo acercamiento al dragón asiático durante el gobierno de Luis Echeverría. Posteriormente se dio un impase ridículamente roto por la visita de la pareja presidencial formada por Vicente y Martita, quienes confundieron el mausoleo del emperador Qin con una versión oriental de Disneylandia. Por supuesto que de esa visita no se obtuvieron sino fotos y hermosos recuerdos turísticos.

 

No obstante el comercio chino venía haciendo estragos en México, no solamente en la industria textil, también en el mercado del plástico, del latón, de los juguetes, del calzado, y de una infinita gama de herramientas entre otras cosas. China no es solamente un increíble mercado de más de mil doscientos millones de habitantes, es también una increíble fábrica de cuanto sea posible imaginar, con un estado tan poderoso que pudo en el pasado reciente construir ciudades verticales que competían con el enclave ingles de Hong Kong mucho antes de que éste volviera a dominio chino. La clave de esta prosperidad hay que buscarla en una fórmula infalible: mantener con absoluta firmeza la ideología comunista y en la práctica no hacerle el menor caso.

 

La pasada visita del líder Chino a nuestro país, resultado de la visita que el mandatario mexicano hizo a China en meses pasados parece que va por mejor camino que ninguna otra, si nos atenemos a la agenda explícita, a los compromisos firmados y filmados, a las frases seguramente inquietantes para otros vecinos que hablan de una alianza estratégica, y desde luego a nuestra vecindad con otro objetivo comercial del insaciable dragón; pero como siempre el fruto de toda esta escenografía ha de verse en los hechos no en los discursos.

Fiel a la política de no intervención, al estado mexicano no le interesa la represión y control interno que vive la población china, que la ciudadanía se otorgue solamente al primogénito, que la propiedad de un inmueble comprado prescriba a los setenta años, tampoco las condiciones salariales en que labora la mayoría de la gente, ante las cuales el anterior presidente, Hu Jintao, afirmó que mejorarían en un cien por ciento dentro de diez años. Tampoco le interesa el asunto del Tíbet, y tal vez el Dalai Lama no tenga con Peña Nieto una segunda oportunidad. De momento el águila y el dragón parecen convenir.