ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El arte de planear

26 de enero de 2014

“La planeación del desarrollo… como atribución del Estado rector de la vida económica y social del país, en la experiencia mexicana, ha recorrido un largo camino que legalmente inició en 1929… aunque caracterizado por proyectos inconclusos, los más de ellos de corto alcance y de una duración no mayor a seis años, inconexos entre sí, onerosos en su momento, y con exiguos resultados, casi en todos los casos…” afirma el estudioso del tema Francisco García Moctezuma.

 

No obstante la planeación sigue siendo un arte difícil de conquistar en cualquier campo, pero exigido en toda acción de gobierno; esta percepción ha originado desde aquellos lejanos años una constante preocupación por planear que a su vez ha generado situaciones extrañas muy en concordancia con el juicio que de los planes de desarrollo hace el autor mencionado: se planea para un periodo de gobierno de 5 años o 2, según se trate de gobiernos estales o municipales. Los planes del periodo anterior no valen para el que sigue ya que cada gobernante quiere hacer su propio plan. Por lo mismo planes de largo plazo se han hecho pero no han sido tomados en cuenta. Tampoco se revisan sus resultados, acaso porque ni siquiera urge ponerlos en práctica. Pareciera que en un dado momento lo importante de la planeación es hacer planes, no aplicarlos.

 

Por eso se tardan en hacerlos, incluyendo las largas y prolijas sesiones para determinar el tiempo en que deben ir los verbos a emplearse a la hora de redactar los objetivos, las nuevas sesiones para explicar que se quiere decir con cada frase y como debe entenderse cada objetivo, meta, o estrategia, los recursos para la evaluación de resultados, las herramientas para poner en práctica las propuestas, la capacitación de los capacitadores, y cuando todo está a punto, ya terminó el sexenio o el trienio. Cierto, podría decirse que al menos todos quedaron muy duchos para seguir haciendo nuevos planes en el siguiente periodo, pero cuando éste llega se cambian las reglas del juego planeador, se despide a los duchos, se contrata a los simpatizantes del partido triunfador sepan o no del tema, y todo vuelve a comenzar. Ante semejante deporte, los responsables de aplicar los planes en los mandos intermedios acaban por archivarlos y siguen haciendo las cosas como siempre las han hecho.

 

También las organizaciones religiosas planean, y también ahí se ven situaciones similares con semejantes resultados, o quizás el objetivo de sus planes no sea el más común y obvio que pudiera pensarse: que cada vez mayor número de personas se adhiera al credo religioso y lo haga de mejor manera, con resultados evidentes en la vivencia de los valores pregonados. Que éste al parecer no sea ya el objetivo se demuestra porque la sociedad regional ni deja de desadherirse, ni es que se logre una mejor vivencia y comprensión religiosa por parte de los adheridos. Algo falló en los veinte planes anteriores que no ha sido considerado, o se planea para realidades ajenas a la que vemos, o, como digo, también el objetivo de la planeación religiosa es nada más hacer planes nuevos cada determinado periodo de años, den o no den resultados.