ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El autosacrificio

24 de noviembre de 2013

Narran las crónicas que muchos de los pobladores de la América prehispánica practicaban el autosacrificio como una forma de granjearse la ayuda de los dioses, eran rituales por lo común sangrientos, implicaban el dolor y en buena medida eran también un autocastigo. Tales creencias no fueron ajenas al resto de las culturas del mundo, pero estaban sujetas a procesos evolutivos. El problema comenzaba cuando los amantes de sacrificar su cuerpo decidían que también los de la tribu de enfrente debían hacerlo; por eso los tlaxcaltecas odiaban a los aztecas.

 

En una tierra de libertades como la nuestra cualquier persona podría en principio seguir mortificando y aun mutilando su economía corporal siempre y cuando no quisiera que los demás lo siguieran. Si esa agresión a sí mismo tiene por objeto buscar castigo a sí mismo es lo de menos, siempre y cuando no se quiera que los demás también se castiguen o resulten castigados.

 

Para no pocos mexicanos de hoy, por atavismo o perversión, afectar a los demás intencionalmente porque están siendo afectados ellos, se ha vuelto un lugar común. Si a mí me perjudican que se perjudiquen todos, si a mí me agreden ¿por qué no también a ti? Imponer la solidaridad en los males a la mala es la costumbre hoy cotidiana. Es la actitud que subyace a los movimientos magisteriales que sacrifican a la población escolar en su presente y en su futuro, y castigan a sus familias y al país, para que de una vez se amuelen todos y no nomás ellos; en este país la máxima común es la de hundirnos todos, según el viejo dicho “todos libres o todos entenados”.

 

Pero los maestros paristas han evolucionado muy pronto para el mal, desde luego que no se trataba de hacerse héroes, un plantón tiene fecha de vencimiento para quienes los practican por mucho que les atraiga autosacrificarse viviendo en tiendas de campaña, comiendo y descomiendo al aire libre y contaminado del Distrito Federal. Por eso se turnan. Su plantón es una carrera de relevos, refrescada periódicamente por nuevos contingentes frescos y briosos que irrumpen en la arena con ímpetu guerrillero para enfrentar a las mismas fuerzas del orden, a la misma ciudadanía harta de sus atropellos, a los mismos comerciantes que no pueden andar mudando sus negocios a tenor de las mareas de estos o de cualesquiera otros manifestantes.

 

La asamblea del Distrito Federal por su parte lo mismo reduce las penas que las agrava, independientemente de que se cumplan, en un afán publicitario por parecer interesada en las causas justas, en normar las marchas y los plantones, como si ya se hubiese vuelto un derecho de la ciudadanía perjudicar a los demás para hacer valer los intereses de éstos contra los de aquellos. Una marcha que reprime, sofoca o paraliza el tráfico aumenta la contaminación por el consumo de combustible, afecta los horarios laborales, la economía de la gente, el rendimiento, el clima social, todo, pero de eso es precisamente de lo que se trata, de crear anarquía y choque, de amolarnos todos.

 

Indudablemente la idiosincrasia actual de innumerables mexicanos se ha pervertido de tal forma que ya no puede sino seguir intoxicando el ambiente social, con el grave riesgo de provocar problemas aún mayores.