ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El Calvario secular

1 de abril de 2012

El domingo y el descanso dominical fue una aportación de la cristiandad a la civilización occidental. De evidente tradición judía, descansar para dar culto a Dios, fue para la comunidad cristiana descansar para celebrar la Resurrección de Cristo. De esta forma el domingo de Pascua fue el origen de todos los domingos del año, y de la propia Semana Santa, que acabó siendo también una semana de descanso para conmemorar la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, sobre todo los días jueves, viernes y sábado santos. Entonces nacieron las vacaciones.

 

Y con las vacaciones masivas, el calvario secular de todos los años. Como si fuera una obligación de mayor rigor que las obligaciones religiosas, el mundo occidental y en especial el de origen latino, ve las vacaciones, éstas y las que sean, como el toque de recreo que hace gritar a los niños de primaria, lo mismo que a los adultos de todas las edades. En tiempos aún cercanos era el tiempo de la matanza de los puercos, efigies de barro, pintadas de negro, sentado el animal y con una ranura en el lomo, día tras día se alimentaba de aquellos pesos que todavía tenían plata. Hoy es la matanza de las tarjetas de débito y crédito, de las cuentas de ahorro, de las tandas o rifas, de las joyas y aparatos empeñables, los sablazos a los compadres, amigos y vecinos, de las compras a 3, 6, 9 o más meses sin intereses, y cuanto recurso esté disponible para vacacionar esos codiciados nueve, siete, o cuatro días seguidos.

 

Y todo ese gasto para asegurarse un buen calvario de colas en aeropuertos y terminales, paso por filtros y esculcamiento de equipajes, congestionamiento en las casetas de cobro a la ida y a la vuelta, apretujado ingreso en albercas y playas, brincos sofocados en los antros, largas filas para acceder a los desayunos, comidas y cenas “buffet”, “buffets” de hartazgo en los hoteles “todo incluido” menos la calidad, sartas infinitas de mentiras a cuenta de los guías de turistas, impecables o sencillas habitaciones de higiene aparente, propinas para todo y desde el principio, malos tratos de los prestadores de servicios y una amplia gama de gastos imprevistos pero necesarios.

 

Después vienen las secuelas. Tarjetas clonadas, cobros indebidos en cuentas de restaurantes, reservaciones fantasma, bronceadores patito que produjeron quemadas épicas, “recuerditos” que no sobrevivieron a las vacaciones, problemas digestivos de leves a serios, pérdida de equipaje, robo de objetos que no fueron debidamente resguardados en la caja de seguridad del hotel, o que de ahí mismo fueron sustraídos a sabiendas que la administración no se hace responsable.

 

Y el climax: las reclamaciones bancarias de te roban ahora y te aclaran el robo en 6, 12 o 18 meses, sin que te paguen intereses, te cambian los vuelos, sobre todo los de Aeroméxico, porque no ajustaron su cuota de pasaje, les convino más usar este avión para mandarlo a otro sitio, se retrasó en México por causa del buen clima, no llegó por motivos ajenos a la compañía, o el autobús se descompuso, o se sobrevendieron los boletos, o en el empeño le quitaron eslabones a la cadena. ¿Más calvario?