ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El Centro Histórico

8 de febrero de 2009

“Maldito Gobierno”, comentó una dama al ver escarbada la calle de Belén, entre Independencia y Juan Manuel. Su sentencia no hace sino expresar el sentir de la ciudadanía, pero sobre todo su inmemorial tendencia a establecer juicios precipitados.

 

“Maldito Gobierno”, se venía también diciendo por el abandono en que estaba el Centro Histórico de la ciudad, con calles por encima de las banquetas a fuerza de acumularles plastas de chapopote, con banquetas inservibles y percudidas por años de abandono, con una visual urbana rayada por la abundancia de cables y postes chuecos; era indispensable intervenir de forma radical y profunda en la solución de éstos y muchos problemas de la zona, trabajo que no puede hacerse a control remoto, sin generar molestias inevitables, dado el tamaño de las obras.

 

Pasar hoy día por el Centro de la ciudad nos brinda un espectáculo aleccionador al constatar directamente el deterioro de lo que no se ve, de las redes de drenaje, de los ductos para cableados, de los socavones producidos por filtraciones de agua, y de la maldita costumbre, ésa sí maldita, de acomodarnos a la mugre, a las calles desfiguradas, a las banquetas rotas, a ese andar atinándole para no caer en un registro sin tapa o en un boquete.

 

No se puede cambiar la carpeta de una calle sin cerrarla, ni se pueden renovar las banquetas sin antes quitar el escombro pegado en que se habían convertido; tampoco se puede estar invirtiendo tanto dinero sin asegurarse que los usuarios nos hagamos responsables de nuestra ciudad, y particularmente de nuestro Centro Histórico.

 

Por lo mismo, resulta plausible en todos los aspectos la iniciativa de renovación integral del Centro tapatío, que deberá ser acompañada por el compromiso de vecinos y comerciantes para la conservación de lo ya restaurado.

 

Claro que nada es perfecto, y en obras públicas mucho menos. Algo debe estar fallando en el organigrama laboral de la dependencia, pues o no existe el puesto de jefe de calidad, o quien es responsable de exigirla no se da por enterado, lo cual explica el que no haya una sola obra terminada de las ya hechas, que no presente defectos o porque se dejó a medias o porque no se le dio el acabado requerido; con frecuencia se trata de “hilos sueltos” que al primer tirón descomponen todo el conjunto, así los adoquines flojos o faltantes. Por ello se deduce que quien tiene la responsabilidad de entregar bien terminado un proyecto no lo hace, y quien debe recibirlo lo recibe sin fijarse, dañando así tanto al patrimonio como a la imagen de la administración.

 

Igual desorden se refleja cuando se abren calles que apenas se acababan de arreglar, mostrando un despilfarro de recursos inexcusable.

 

Finalmente, decidir si las obras de rehabilitación del Centro Histórico tienen o no tienen fines electoreros, resulta un tanto ingenuo; en principio todo funcionario público realiza un trabajo cuyo trasfondo es también, naturalmente, electorero; sabe que si su gestión no funciona, arriesga el futuro de su partido en las urnas.