ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El coco

7 de marzo de 2010

A los niños de no hace mucho todavía se les podía asustar con la amenaza de que ¡ahí viene el coco!, espectro desconocido y temible, mal afamado por su insaciable afán de comer criaturas enteras. Lo que los niños de ese entonces ignorábamos, es que el famoso “coco” gozaba de múltiples personalidades que irían cambiando conforme cada uno de nosotros crecía.

 

Hoy día el coco de los gobernantes se llama “revocación de mandato”, y hay que ver los laberintos verbales en que se enredan promotores y detractores de esa muy saludable propuesta, añadiéndole además nuevos temas tan polémicos y discutibles como la indisolubilidad que pretenden debe darse entre democracia y partidos políticos. Afirmaciones de este tipo nos recuerdan la retórica de pasados siglos en torno al valor insustituible e irremplazable de la monarquía, sostén de los pueblos, condición de unidad y progreso, e incluso voluntad expresa de los mismos dioses, que, por lo menos en el caso de Francia, había regido exitosamente los destinos de aquel reino nada menos que por catorce siglos. Bastaron cuatro dedos de frente para pensar distinto.

 

El debate sin embargo es positivo, afina términos, establece límites, prevé riesgos, aún si corre el peligro de entramparse en una lógica de sistema que se considera inamovible, por ejemplo, el que la revocación de mandato resultase contraproducente en el caso de los alcaldes. Ya es de por sí muy contraproducente elegir alcaldes para dos años, porque a partir del tercero o ya se fueron a hacer campaña o ya andan desempeñando otro encargo. Desde luego que en este punto la reforma política que ha propuesto el Presidente Calderón sería muy benéfica, pues un municipio, particularmente en los macro municipios del presente, no se puede administrar con visión de futuro y continuidad en periodos tan cortos.

 

Qué la revocación de mandato pueda generar turbulencia desde las luchas partidistas es igualmente cierto, de ahí que lo que habría primero que revocar es a los partidos mismos, ideal permanente de una futura revolución democrática. En tanto ésta llega, cabe suponer que la sociedad y sus instituciones tienen la capacidad y madurez necesarias para generar leyes con un marco lo suficientemente claro como para evitar dichos manejos, y que no nos quieran venir ahora con el “coco” de los golpes de estado del siglo XIX, pues justamente para evitar tales descalabros es que se busca legislar, a favor de la comunidad, su irrenunciable derecho a relevar del cargo a quienes resulten incapaces de ejercerlo, sería un absurdo pensar que la ciudadanía tiene capacidad para contratar y pagar a sus empleados públicos, pero no la tiene para despedirlos, cuando objetivamente debe hacerlo. La cuestión no es entonces si se admite o no la revocación, sino cuál es el marco legal correcto para garantizarla.