ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El CURVA en tres tiempos

1 de diciembre de 2013

Desde hace ya varios años inició en el Distrito Federal el programa del alcoholímetro, sobre todo para el tiempo de las “posadas”. Ahora en Guadalajara se ha implementado ante el creciente y aún incontrolable fenómeno de las personas que conducen alcoholizadas, provocando frecuentemente accidentes fatales, donde los más perjudicados suelen ser quienes tienen la desgracia de toparse con algún alegre cuanto audaz borracho.

 

El actual programa tuvo ciertamente sus etapas previas. En primer lugar se desarrolló todo un proceso de relativización del principio de autoridad donde quiera que éste se encarnara anulando cualquier esfuerzo tendiente  a transmitir a la ciudadanía el sentido de responsabilidad. Este primer paso incluyó la percepción constantemente avalada por todo tipo de medios de que la libertad individual es una conquista incomparable, más valiosa que ninguna otra, que está por encima de quién sea, y nadie tiene derecho a limitarla. Adicionalmente y por los mismos recursos quedó claro a todo mundo que en esta vida canija lo que importa es tener dinero y divertirse, sin detenerse en los medios para adquirirlo ni mucho menos poner límites a la diversión. Por supuesto, dada nuestra idiosincrasia, muchos dieron de inmediato con los recursos para efectivamente divertirse de lo lindo y lo que es más lindo, de a gratis.

 

El segundo paso lo dio el perspicaz instinto empresarial tapatío con la decidida cooperación del buen Gobierno. Guadalajara se volvió la ciudad del agave desde el aeropuerto hasta los sitios más emblemáticos, como es el caso de la Glorieta Minerva. Agaves por todas partes, en los camellones rayando los autos con sus púas, en los claustros de los solemnes edificios oficiales, a la entrada de los hoteles de 10 estrellas, en patios y azoteas, y hasta en el más miserable jardín público. Desde luego el agave se volvió el embajador de toda otra bebida. El mensaje formal era defender lo nuestro, promover nuestra bebida, apalancar su exportación mundial, y de pronto a las marcas y nombres tradicionales se añadieron 10 mil más. Todo mundo quería producir así se anegara el mercado. El mensaje de fondo era beber y beber al infinito hasta agotar todas las reservas habidas y por haber ya que sólo bebiendo se olvidan las penas, se alegran las fiestas, se adquiere estatus, se sube a la onda, se confirma la identidad, se socializa, se presume desinhibición, se rompen los límites del género y ya al volante se muestra audacia. Desde luego lo de menos era beber agave azul tequilana, se bebe lo que sea con tal de que embriague.

 

El tercer tiempo es el CURVA. La idea no es enseñar a beber, mostrar la diferencia entre gustar del alcohol o atragantarse con él, prevenir el consumo de la bebida, hacer responsable al ciudadano de sus acciones o cosas por el estilo. Usted puede seguir bebiendo hasta la brutalidad, asunto suyo, al CURVA lo que le importa y hace bien, es que no arruine la vida de los demás. De nuevo nuestra idiosincrasia advierte que lo grave no es alcoholizarse o manejar alcoholizado, sino caer en un retén; las nuevas tecnologías ya informan en tiempo y forma sobre las vialidades donde se instalan los operativos, hasta los mismos bares, antros y tugurios quieren hacerlo, no se les vaya a espantar la clientela. Desde luego es también comprensible la preocupación de lamineros, hospitales y funerarias ante una posible baja de sus ingresos. Esa es la ciudadanía que hemos construido, lo mínimo es que el libertinaje irresponsable de unos no afecte la vida de los demás.