ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El destino de los héroes

17 de enero de 2010

Por lo general solamente son héroes aquellos que emprenden acciones exitosas, o forman parte de procesos que a la postre dieron el resultado esperado. Existe pues en los sótanos de la historia un crecido arsenal de nombres cuyos portadores pudieron haber sido héroes de haber triunfado. Queda fuera de discusión el valor de las causas, pues la historia enseña que la causa por sí misma no se asegura el triunfo, por lo tanto hay que admitir que no todo triunfo responde a la nobleza, justicia o bondad de la causa perseguida. Abundan los héroes declarados de causas por lo menos ambiguas o parciales, pero también abundan los personajes que defendieron las mejores causas, pero al fracasar en su intento sucumbieron a la ignorancia y el olvido de las generaciones.

 

Sea cual sea el camino por el cual una persona se convierte en héroe, su destino a partir de ese momento recae en manos de la sociedad; si ésta conforma un bloque sólido, la recepción del héroe se hace unívoca, si por el contrario la sociedad se halla dividida o se busca dividirla, el héroe se convierte en una especie de bufet, del cual cada partido, secta, marca, sindicato, cofradía, alianza o lo que sea, toma la parte que más convenga a sus intereses, así despedacen al héroe, lo desfiguren, lo sustituyan o lo transformen justamente en lo contrario a lo que fue.

 

La persona del héroe ya no importa, sino su fama y el provecho que pueda sacarse de usarlo como bandera de causas que el héroe mismo, en vida, habría abominado. Pero el héroe ya está muerto, solamente quedan por todas partes sus estatuas, mismas que no hablan ni pueden interrumpir los discursos que ante ellas se pronuncien. En su nombre habla lo mismo la pléyade de los expertos, de los biógrafos autorizados, de los especialistas en fulano o en sutano, que los oportunistas, arribistas, paracaidistas, convenencieros, paleros, acarreados o resentidos que por sí o por interpósita persona, y sin conocimiento de causa, se lanzan a defender al susodicho y a denostar a quienes en su momento se le opusieron, y que son, por antonomasia, los antihéroes. Este ataque es el acto más artificial y deshonesto que se pueda hacer, en primer lugar porque los opositores del héroe ya están tan muertos como él, y en segundo lugar, porque pretender que paguen justos por pecadores es un acto criminal; pero lo hacen, para eso perdieron desde hace mucho tiempo los escrúpulos y la ética.

 

Cierto que la pública opinión ya no es hoy día la de en denantes, subyace en la memoria colectiva la sabia sentencia según la cual las cosas se toman de quién vienen, postura que desde luego siguen y acatan los héroes y sus estatuas, en espera de que el tiempo haga surgir, como suele hacerlo, investigadores y difusores responsables y objetivos, honestos y veraces, respetuosos de los personajes que alcanzaron la heroicidad, y ajenos de caer en el abyecto vicio de utilizarlos para fines mezquinos.