ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El destino

13 de noviembre de 2011

Con frecuencia el destino ha sido el primer y principal responsable de los males que ocurren a individuos y naciones. En nuestro caso el destino se ensaña y nos ofrece un rostro criminal y perverso apenas comparable con la peor pesadilla soñada o imaginada. La función de un secretario de Gobernación es tan compleja y de tanta importancia que su relevo no es ni puede ser frecuente, a menos que la Presidencia misma ande perdida. A la Secretaría de Gobierno corresponde dos responsabilidades mayúsculas, entre otras más: la seguridad nacional y la vinculación con las diversas fuerzas políticas y sociales de un país. Por lo mismo el secretario es el que establece puentes, canales de comunicación, equilibrios con los otros dos poderes, es quién diseña estrategias ordenadas a la gestión presidencial para que el país pueda mantener su viabilidad.

El asunto de la seguridad nacional no es de menor importancia, mucho menos en el escenario actual que vive México y que tanto se agudizó precisamente a partir de la muerte, hace tres años, del anterior secretario. Aunque el marco amplio es la lucha contra el narcotráfico, sabemos que hay otros espacios incluso mucho más graves y delicados en lo que mira a la seguridad del país, como es la afirmación de poderes alternos de impresionante capacidad de infiltración, de sabotaje, de financiamiento, y desde luego, de enrolamiento constante; es el tema tantas veces tratado de una delincuencia que supera los márgenes del tráfico de drogas y se constituye en unas especie de Gobierno alterno ubicuo, una delincuencia militarizada, hasta la fecha invencible.

En el trasfondo de los hechos, la crisis mundial de la economía y el espectro del año electoral, los escándalos previos a la comedia sexenal, y el arrebatamiento con que actúan los que salen y los que quieren entrar. En ese horizonte se asoma de nuevo la posibilidad, por cierto considerada por la Constitución, de posponer el proceso electoral federal, y con ello un sinnúmero de cuestiones, de preguntas, de interrogantes, y su lamentable ausencia de respuestas, una reedición de los dos Méxicos, el de la gente que trabaja y quiere vivir, y el México delincuencial de la política y de la libre delincuencia organizada o desastrosa.

Dirán muchos que es asunto del destino, que fue otra vez un accidente, mientras que otros pensarán que no es posible, que el destino no puede ser tan terrible y tan perverso, que los criminales son otros, que operan aquí o desde allá, que el golpe fue para el Presidente o para su partido, cuando que éste y tantos miles de golpes parecidos han sido siempre para la sociedad, para la nación, que es quien acaba siempre pagando las consecuencias. El asunto es delicado en el presente y en el mediano plazo, compromete también nuestro futuro a la distancia, pero tenemos que confiar en el México que vive y trabaja, y seguramente, a pesar de las limitaciones, en quienes del modo que sea, tienen en este momento la grave responsabilidad de sacar el país adelante.