ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El día después

26 de julio de 2009

Ya se va aplacando la polvareda del proceso electoral, polvo con el cual muchos quisieron hacer lodo para seguírselo aventando a vencedores y vencidos.

 

Se confirma ante la evidencia de los hechos, la decadente condición de nuestra democracia: campañas anodinas, propuestas miopes, reacciones de pánico, sainetes entre candidatos, medianía general de los prospectos, jugadas a mediano y largo plazo, ningún programa orientado a superar la crisis de las instituciones políticas, a limitar las pretensiones de los partidos, a poner orden en la constitución y operación de los congresos, a mejorar con seriedad e inteligencia las condiciones de la sociedad mexicana.

 

En el entorno, la turbulencia nacional por la gran guerra entre la Federación y la delincuencia organizada, por el desempleo galopante y el empobrecimiento subsecuente, apenas mitigado por el circo gratuito que aquí y allá se ha ido ofreciendo periódicamente, pero olvidándose que el pan no se puede regalar todos los días, ni basta para vivir una taquiza al semestre.

 

Lejos de progresar, la democratización del país parece dar marcha atrás, como hemos visto en Jalisco a propósito del Instituto de Transparencia, o en los consejos electorales, que, debiendo ser ciudadanos, han caído en manos de los partidos; igual aviso nos deja el escaso fruto de las campañas a favor de la emisión del voto; en un análisis comparativo, luego de tres años, prácticamente los avances, sólo en este punto, se han visto demasiado pobres. Todavía estamos esperando datos más sólidos sobre la cantidad de votantes que eligió anular su voto, como una forma de expresar su rechazo a los malos manejos de los partidos. Naturalmente, si quienes tienen el poder lo usan para frenar el avance de la democracia, no podemos esperar de ellos programas orientados al impulso de la participación ciudadana en las grandes decisiones que comprometen los intereses y los dineros de la comunidad, a los partidos lo que les interesa es que la gente vote por ellos, no que la gente les diga lo que deben hacer, de tal suerte el voto se vuelve un cheque en blanco que la ciudadanía otorga para que los ganadores le pongan la cifra que gusten, sin firmar en contraparte un contrato que los obligue no sólo a cumplir las veleidades que prometen, sino a desempeñar con responsabilidad e inteligencia los puestos que ocupan.

 

Estas realidades nos llevan a pensar que el futuro de la democracia no está en los partidos políticos, sino en la ciudadanía, en las organizaciones no gubernamentales, en las organizaciones empresariales, en la medida que éstas, mirando más allá de sus intereses, adviertan que trabajar por el interés general acabará beneficiándoles también a ellas. En ese aspecto son esperanzadoras las declaraciones que tanto la Cámara de Comercio como la misma Coparmex han venido haciendo para exigir a las instituciones un comportamiento correcto. Ahora será necesario pasar a las acciones concretas para que las mismas leyes se modifiquen, si es el caso, a fin de superar esta lamentable y grotesca situación en que ha venido a caer nuestra democracia.