ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El espacio público

1 de septiembre de 2013

El diseño urbano de los pueblos latinos en Iberoamérica privilegió la construcción de grandes espacios públicos abiertos donde fuese posible el comercio periódico, en la plaza, y el cotidiano en locales específicamente construidos para este fin, pero sobre todo, estos espacios tenían la finalidad de favorecer el solaz, es decir, el descanso, el esparcimiento, la convivencia, el encuentro, en sitios donde los jardines, los árboles, las bancas, las fuentes, la amplitud de los paseos y el entorno arquitectónico estaban orientados a fortalecer este efecto buscado de tranquilidad y disfrute.

 

Por múltiples factores, en la actualidad se ha subvertido este origen, uso y función de la plaza pública que eventualmente dejó de ser lugar del solaz, para convertirse en la explanada del oportunismo comercial, que al buscar compradores se vale de todos los recursos habidos y por haber. Por lo mismo compite a bocinazos el comercio establecido con el ambulante, y en innumerables restaurantes, loncherías, fondas o antros, la presencia de conjuntos musicales no basta para cautivar a la clientela, han de aturdir con su “música” a todo el vecindario y a cuanta persona vaya pasando por horas interminables. Los especialistas le llaman contaminación auditiva, en nuestra ciudad hay servidores públicos que hasta la miden sin que por ello pase absolutamente nada, fuera de las inútiles recomendaciones para que por favor “le bajen”.

 

Para fortalecer este creciente prestigio de ciudad del ruido estentóreo, desde el Instituto Cabañas hasta la Plaza de los Laureles y anexas, se expande otro comercio ruidoso, repetitivo, y aturdidor, el de los que se dedican horas y horas a promocionar las nuevas marcas religiosas con todo tipo de mensajes: que ya viene Elías, que el hombre es puro pecado, que el mundo se va a acabar, que la salvación está a la puerta, y es de gritarlo con poderosos altavoces compitiendo con las bocinas del comercio establecido que ya no haya como pagar impuestos y seguir vendiendo a medias en medio de tanta competencia.

 

Pero también el robo multidisciplinar es, de algún modo, otra forma de “comercio ambulante” al que está expuesto cuanto mortal vive, trabaja o pasa por el Centro Histórico, sobre todo si se trata de personas venidas de fuera que poco o nada saben de la creciente inseguridad que ahí se vive.

 

De esta suerte resulta que los amplios espacios jardinados del Centro Histórico son el sitio menos a propósito para tomarse un descanso, admirar lo que resta de la arquitectura urbana tapatía, o hacer una pausa a la tensión del trabajo, pues ahí radica de sol a sol el peor de todos los ambulantajes, el ruido estridente, confuso, múltiple y variado, en un ambiente de inseguridad, donde el turista admira tal o cual edificio abrazando bolsos, carteras o cámaras y contestando celulares a dos manos, mirando con recelo para todos lados, en tanto los merolicos de la salvación agreden las creencias ajenas, contribuyendo al caos circundante.

 

Recomendación final: por favor, ya no hagan más leyes, basta con que apliquen en serio las existentes y abatan de una vez por todas, la impunidad imperante.