ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El futuro de la solidaridad

2 de octubre de 2011

La solidaridad es en cierto modo una actitud connatural al ser humano, una cualidad que aspira a ser cultivada, pero que también puede perderse o al menos deteriorarse.

Se entiende que la solidaridad es el valor por el cual los seres humanos se ayudan y apoyan mutuamente en toda circunstancia, y por lo común, de manera desinteresada. Este valor se muestra todavía con alguna frecuencia en la defensa de causas sociales o ecológicas, en la ayuda a personas o comunidades en situaciones dramáticas, en el hecho simple de levantar al que se cae o acompañar al que pasa por una situación difícil. Incluso se advierte solidaridad en asuntos y temas donde el término correcto sería “complicidad”, una solidaridad seguramente mal entendida pero no por ello ajena a la esencia de dicho valor.

La solidaridad entonces supone la conciencia de la común naturaleza humana, y el espíritu de apertura y donación hacia los demás. ¿Tendrá futuro este valor? En la medida que se afianza en nuestra sociedad una nueva generación donde el individualismo aparece como el valor supremo, la cuestión se vuelve conflictiva. El hombre colectivo del presente suele ser una persona bastante comprometida en la defensa de su territorio personal, de su espacio vital, de sus gustos e intereses, incapaz de renunciar a sus audífonos, o al manejo de su celular, para escuchar a la persona que va con él de camino; pareciera que siempre es más importante el otro en la medida que no está presente, y que lejos de buscar la posibilidad de compartir con los demás, aquí y ahora, pensamientos, gustos y expectativas, el hombre individualizado sólo se interesa por lo suyo. Cuando de golpe vuelve a la realidad “real”, es decir, a la que no es virtual, semeja siempre un ser sorprendido, que cae en la cuenta, brevemente, de que había personas en su entorno, a las que desde luego despachará pronto.

Parte de este individualismo será la prevalencia de las metas personales por encima de las sociales, será su trabajo, su carrera, su negocio, su futuro, y no los intereses de la comunidad. El hombre individualizado deja de ser un ente político en el sentido clásico del término, y ya puede dejar que otros, quienes sean, hagan y decidan lo que les venga en gana sobre el futuro de esas otras realidades que le son ajenas: el país, la comunidad, la patria, la raza, el destino. Absorbido por el afán de divertirse solamente con lo que a él le divierte y poco inclinado a compartir o participar de las diversiones de los demás; preocupado solamente en obtener recursos para lograr sus propias metas, se aliena de la sociedad, se desentiende de ella, aunque no deje de usarla.

¿Cuántos jóvenes tendrán interés por participar en el próximo proceso electoral, y cuanto lo harán movidos por una genuina solidaridad?