ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El futuro los alcanzó

2 de agosto de 2015

Se veía venir desde cuando, en Guadalajara, comenzó a darse el fenómeno de los taxis privados. Eran varias pequeñas empresas y no siempre aparecía en el directorio, pero competían sobre todo en calidad. Autos de modelo reciente, muy limpios, seguros, con aire acondicionado, puntuales y conducidos por profesionales en el servicio. Competían con autos viejos, de asientos magullados, malolientes, desvencijados, conducidos por personas que hacían del taxi la extensión de su casa, razón por la cual iban fumando o comiendo, desenfrenados, con la panza de fuera y la ropa de hacer talacha, cobrando a placer y platicando de todo le pareciera o no al cliente.

 

Los líderes taxis afirman que todo eso y más lo van a superar en tres meses. En tres meses todos traerán autos del año en curso, y lo que resulta todavía más asombroso, en tres meses habrán profesionalizado a los típicos conductores. No suena mal, suena utópico. El gremio de taxista se divide básicamente en dos, por un lado los conductores propietarios y por otro los conductores empleados, que dicen son la mayoría. El problema esencial es el de los empleados, o sea el de los empresarios que contra la ley acaparan puños de autos y permisos, y emplean a quien sea para que se los trabajen y lo hacen siempre a bajo salario, a ver si con eso pueden andar de camisa y corbata. Algo similar ocurre con el monopolio de taxis aeroportuarios, cuyos conductores ganan muy poco pese a lo caro del servicio, mientras los dueños se enriquecen a costa de los usuarios.

 

En sociedades gobernadas por servidores públicos éstos se encargan de que todas las personas puedan resolver sus necesidades de transporte con diversos precios, no con diversas calidades. Más que proteger monopolios o generarlos, lo que procuran es regular la competencia para que ésta, al desaforarse, no arruine el mercado.

 

Acá entre los funcionarios cavernícolas y los empresarios trogloditas, el deporte es para unos vender placas y permisos a granel, y para los otros acapararlos sin otras condiciones que las del propio usufructo.

 

Más que los taxis privados, la ciudadanía es la que tiene el derecho a disponer de ofertas diversas y elegir la adecuada a sus requerimientos, aunque desde luego también los taxis privados están en su derecho de competir, esas son las reglas que permiten el “progreso” y la mejora aquí y en todas partes.

 

Por lo pronto sugiero que se abra el aeropuerto a todos los taxis, públicos y privados, de manera que todos puedan llevar y traer pasaje, con calidad básica y diversificación de precios, competitivos a la baja, desde luego, junto con servicios colectivos que lleguen a la puerta misma del Puerto Aéreo sin necesidad de esconderlos en espacios que nomás los choferes saben y los pasajeros ignoran, sería una clara demostración de economía de libre mercado y de administración democrática.