ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El grito cercado y mojado

23 de septiembre de 2012

Fueron tales y tan rígidas las medidas de seguridad implementadas en el Centro de Guadalajara para la celebración de las fiestas patrias, que de haberse dado en 1810 no hubiera habido ningún grito de Dolores.

 

Es una singular paradoja que para celebrar a “quienes nos dieron patria y libertad” se hubiesen suprimido tantas libertades así fuera por unas horas y, claro, sin adivinar la sorpresa que el clima nos tenía reservada. Cualquier extraño hubiese pensado que se fraguaba en Guadalajara otro levantamiento armado, pero no con gente improvisada, sino con insurgentes bien uniformados y pertrechados, mirando con sospecha a los pacíficos y patrióticos ciudadanos. Para entrar a la Plaza de Armas solamente había dos puertas con sus respectivos filtros, revisión de mochilas, bolsas y tambaches, e incluso auscultación física por parte de los fieros defensores del orden público. Desde luego, el número de efectivos desplegado, con sus respectivos apabullantes vehículos era ya de por sí intimidante. Por aquello de las canijas dudas, el amurallamiento del Centro Histórico inició desde la mañana del día 15, y así se mantuvo antes, en y después del prolongado aguacero.

 

No es cómodo vivir bajo sospecha y sospechando además de todo mundo, pero esa es la sociedad que estamos construyendo, una sociedad donde el vecino y hasta el familiar más cercano puede ser narco, lavandero, halcón, secuestrador, bandido, chantajista, criminal, extorsionador telefónico, despachador, mula, adicto, sicario, terrorista a sueldo, complotero, agitador, o traficante de armas con o sin membresía reconocida en alguna de las innombrables bandas que existen y siguen brotando como el zacate.

 

Como es final de sexenio la tendencia es a declarar lo bien que se hizo todo, y en una de esas, aparecerán las memorias maquilladas de los gobernantes salientes escritas con el único fin de justificarse, como si a estas alturas del quehacer histórico valieran siquiera un poco las autobiografías. Pero aunque dicen y juran que vamos ganándole a la delincuencia, lo que ve la ciudadanía es una agenda muy previsible por repetitiva, de evasión o franca liberación de presos, bloqueos urbanos y carreteros, aparición de cadáveres en coches y trocas, noticias de secuestros de todo tipo y nivel, pago de piso, pero también captura de capos por parte de las autoridades a través de movilizaciones inauditas, hecho magnificado por todos los medios de comunicación, pero que al parecer no tiene ninguna repercusión en la agenda delincuencial establecida.

 

Creo que ninguno de estos hechos puede ser ajeno a la condición social y económica del país; el Gobierno no puede seguir explicando la delincuencia generalizada como fruto exclusivo del trasiego de enervantes, olvidando el terrible peso que sobre la nación tiene el sistema económico brutal y empobrecedor que sostiene, y la cultura de espectáculos decadentes que fomenta como escape alienante a las miserias reales de la gente, lo cual incluye celebrar a los insurgentes con fiestas de pan y circo, con el ánimo de impedir que surjan otros aún más decididos y violentos que aquéllos.