ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El misterio de la vida

12 de abril de 2009

Cuando consideramos la extremada brevedad en la que ha ocurrido el Big Bang, y cómo en ese lapso de  tiempo incapturable para los sentidos se ha expandido de manera instantánea todo el mapa genético del universo, no podemos sino entender que todo el cosmos en su infinitud no es sino un radical y subyugante misterio de vida, y toda vida es la expresión de una acción positiva y exitosa desde su primer instante de existencia.

 

Heideger y su discípulo, Sartre, vivieron pensando en el hecho de la vida, de la vida que quiere vivir para siempre, de la vida que es libertad y futuro, y que por lo mismo se empeña en escapar del pasado, consciente de que ser atrapada por el pasado es precisamente morir.

 

Este discurso deslumbrante de corte existencialista no logra sin embargo, mantener su ímpetu positivo ante la realidad de la muerte, donde muchos pensadores de nuestro tiempo han visto el final frustrante y dramático del anhelo profundo de vida y libertad que alienta en el corazón humano. Incluso dirán, haciéndose eco de diversos filósofos anteriores, que el temor a la muerte ha originado la creencia en un alma inmortal e incluso la fe en los dioses, capaces de dar vida a quienes han muerto.

 

En la enseñanza y en la vida de Jesús, la vida inmortal no es la respuesta a un obsesivo deseo de seguir viviendo, no es un escape fácil al temor de la extinción, incluso debemos recordar que una fuerte corriente de pensamiento judío no creía en la inmortalidad del alma, aunque creyera profundamente en la existencia de Dios.

 

Estos datos nos advierten que solamente un serio desequilibrio en la forma de vida puede generar conciencias angustiadas ante el hecho de morir, y por ende, provocar una desequilibrada manera de entender y creer en la vida futura, o definitivamente negarla como fruto de la misma desesperación con la que se vive.

 

En la revelación de Jesús la vida inmortal es fruto de la plenitud con que se vive la vida temporal, es la consecuencia lógica, la evolución que logra su fin último: perpetuar la vida del espíritu. Esta plenitud de vida es desde luego un don, pero supone un esfuerzo constante a favor de la libertad interior; el don de la vida inmortal se conquista cada día en la medida que la vida propia y ajena es cultivada y promovida, sin sombra de melancolía, de tristeza o depresión, libres de esclavitudes, de temores enfermizos o deseos neuróticos.

 

Junto al sepulcro de Jesús en vano velaron los soldados del imperio, los habían mandado para dar seguridad a quienes deseaban ansiosamente que la vida no se volviera a manifestar, y ahí se quedaron, junto a un sepulcro, deseosos de prolongar el mandato de la muerte, ajenos al misterio de la vida nueva que por encima de ellos y de todos los imperios de este mundo se manifestó de nuevo como triunfo y garantía del valor y trascendencia que la vida tiene.