JUAN PALOMAR VEREA

El mito del patrimonio arquitectónico tapatío

01 DE MAYO DEL 2013

O uno de ellos: que ya casi no hay. Desde hace mucho está de moda entre los “patrimoniólogos” rasgarse periódicamente las vestiduras y decir: “lo poco que nos queda”, “lo que nos dejaron”, y cosas por el estilo. Tales afirmaciones lo único que producen en el incauto es desánimo y desorientación. Desmovilización, blanda resignación a vivir despojados y humillados. Impotentes.

Si se analiza serenamente el tema, es claro que es mucho lo que hemos perdido. Pero es mucho más lo que subsiste. Cosa de sacar cuentas con calma. Allí están muchas cosas. Y existe una ingente cantidad de arquitectura patrimonial, más o menos velada por la incuria o el maltrato, que no espera más que una acertada intervención para revelar sus altos valores. Por muchos lados de la ciudad. Además, algunas cosas se han ganado. Decir que en los últimos sesenta años Guadalajara no ha generado nuevos patrimonios arquitectónicos es un caso de severa miopía. Es cuestión de darse una vuelta por las calles o de consultar la bibliografía al respecto. Y al día de hoy, venturosamente, hay arquitectos que están construyendo obras que acrecentarán seguramente ese patrimonio. Pero a los “patrimoniólogos” no les gusta voltear hacia el futuro.

No se trata de negar, ni dejar de condenar, las pérdidas. Es muy importante estar al pendiente y denunciarlas, de preferencia evitarlas. Pero es más importante hacer algo con lo que hay. El papel de plañidera es muy limitado. Veamos. Según reporte del Patronato del Centro Histórico hay, en los perímetros respectivos, 833 fincas patrimoniales abandonadas. De ellas, 68 están en peligro de colapso. ¿Qué hace el INAH al respecto? ¿La Secretaría de Cultura? ¿El Ayuntamiento? ¿El Patronato del Centro Histórico? ¿Los “patrimoniólogos”, sean funcionarios o no?

Ya es más que tiempo, como se ha sugerido varias veces, de organizarse. Hay demasiados arquitectos sin trabajo suficiente en Guadalajara. Si se ponen de acuerdo las instituciones mencionadas y se organizan 100 grupos que se encarguen de aproximadamente 8 obras cada uno, tendríamos 833 propuestas de rescate patrimonial de las fincas en abandono. Es obvio que con estos grupos tendrán que participar además ingenieros, abogados, financieros, gestores sociales, especialistas en mercado y bienes raíces. De esta manera cada caso podría ser analizado integralmente: situación patrimonial y jurídica, viabilidad y rentabilidad económica, estado físico y estructural del inmueble, contexto urbano, vocación preferencial, y solución arquitectónica.

Con lo anterior las autoridades tendrían una cartera real de soluciones al problema del patrimonio edificado que podrían ser respaldadas por Cámaras, Colegios de Profesionales, Universidades, ONGs diversas, profesionales independientes. De allí a realizar un verdadero programa, apoyado con fondos de los  tres niveles de gobierno e incluso de fundaciones internacionales que transforme radicalmente el centro tapatío hay un paso: el de dejar de quejarse y ponerse a trabajar.

Es muy cómodo y aparentemente rentable hacer el papel de víctimas impotentes, de gimoteantes beatos de la conservación. Es mucho el patrimonio que tenemos, y es mucho también el que podemos recuperar. Y hacer. No es cierto que Guadalajara es una ciudad derrotada: es un mito.