ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El precio de Judas

20 de marzo de 2016

A diferencia de otros, Judas no pudo saborear por mucho tiempo el precio de su traición. Treinta monedas de plata eran ciertamente una buena cantidad para esos tiempos, pero nunca suficiente para justificar lo que hizo.

 

En nuestra sociedad, por el contrario, se pasean muchos que han hecho lo que aquél, pero no sólo no lo lamentan, sino que incluso creen que hicieron lo correcto, ya que les trajo abundantes beneficios, incluido el caravaneo desinteresado de la alta sociedad con la que luego se mezclan y conviven. Desde luego que este tipo de conductas ocurren en todos los ambientes, pero donde más indignan es en el medio de la función pública.

 

Desde el apaciguamiento revolucionario hasta el presente la lista de funcionarios públicos que se han enriquecido ilícita e inmoralmente, traicionando su responsabilidad, a la gente y a la entera nación que confió en ellos, es inmensa.

 

Hoy muchas de traiciones forman parte del anecdotario político mexicano, se cuentan y transmiten para sorpresa e incluso para aprendizaje de todos.

 

Los mexicanos nos movemos siempre entre bromas y veras, la broma es la honestidad, la verdad es la avidez insaciable que domina a tantos. Ocupar un cargo público es la oportunidad única y acaso irrepetible no de servir, de hacer crecer al país, de mejorar a la sociedad, sino de enriquecerse sin escrúpulos, esa es la verdad que cuenta, el verdadero realismo político mexicano cada vez más cínico y unilateral.

 

Judas ciertamente tuvo un asomo de conciencia y un arranque de desesperación tan brutal que lo llevó al suicidio, no pudo soportar vivir luego de haber traicionado a una persona de calidez incomparable. La mayoría de nuestros políticos nos traicionan porque de antemano nos subestiman y consideran seres inferiores, una masa de discapacitados mentales, cuyo dolor, sufrimiento y miseria no importan, si sobre ello pueden construirse un futuro de riqueza millonaria y sobre todo, impune. Los mismos partidos que les dieron la ocasión de robar, los protegen luego, incluso ante la justicia internacional; es admirable tanta fidelidad cuando ésta se aplica a la complicidad delictiva.

 

Desde luego Judas no pudo ser testigo de la resurrección de aquel que entregó en manos de sus enemigos, ¿podrá nuestra generación testificar una nueva revolución, pacífica, democrática, que ahora sí en serio nos ubique por la senda del progreso comunitario?

 

Quienes mataron a Jesús habían oído de una posible resurrección, tuvieron miedo y buscaron evitarlo poniendo obstáculos y guardias armados. Las instituciones políticas de México han seguido ese ejemplo, poniendo infinidad de obstáculos y guardias armados para impedir que nuestra sociedad reaccione, entienda, exija. Hacer de la educación pública un fracaso, corromper con el anzuelo del dinero las instituciones jurídicas, dar a la impunidad un estatus de permanente validez, podrir a los partidos, asociarse con la delincuencia organizada y la desorganizada, vender el presente y el futuro del país a los intereses trasnacionales, son apenas los obstáculos más evidentes que enfrenta México, y la tragedia mayor es que esos obstáculos son puestos y sostenidos por sus propios gobernantes.