ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El predominio de la fuerza

11 de abril de 2010

La civilización humana ha sido un bimbalete que opera entre dos fuerzas, la fuerza del espíritu y la fuerza bruta. En la medida que la civilización mantiene un crecimiento en orden al desarrollo de las facultades específicamente humanas, el espíritu vence, cuando el factor que se privilegia es el de las facultades solamente corporales, triunfa la fuerza bruta. Dado que este desarrollo evolutivo de la sociedad se realiza en forma de espiral se puede entender que la victoria de la fuerza bruta es recurrente.

 

Paradójicamente el desarrollo de las facultades humanas produce innovaciones tecnológicas que al aumentar las posibilidades físicas hace palidecer el horizonte del espíritu. Rara vez la mejoría de los armamentos generó un mayor respeto a las personas o sociedades consideradas débiles. Nuestra experiencia actual no es distinta, vivimos en una era de extraordinario desarrollo tecnológico, condición que aumenta las expectativas de poder y de dominio de los seres humanos llevándonos fácilmente a creer que ese dominio debe ser absoluto. Los frutos de la investigación y de la comunicación global han dado a luz al poder de la información aumentando la sensación de que todo es posible; quién se deja embriagar de esta emoción aplicará su percepción a la supresión de todo obstáculo que se le presente en el camino trayendo de nuevo el imperio de la fuerza bruta en su versión tecnológica de más alto desarrollo.

 

Desatado nuevamente el Apocalipsis recurrente de la historia se requiere de una extraordinaria reacción del espíritu para de nuevo reorientar el desarrollo a favor de la vida de todos y no solamente de los más fuertes. Ni la mejor planeada guerra podrá lograr que los adictos a la estimulación artificial renuncien a ella, ni en México ni mucho menos en Estados Unidos. La nueva civilización que se venía creando en estos parámetros se ha mostrado altamente criminal, pero altamente generadora de ganancias económicas para una cadena interminable de beneficiarios, superar la crisis supondría entonces superar este remedo de civilización, y modificar los giros del beneficio económico hacia empresas que no dañen al ser humano.

 

En México la guerra ha sido llevada a la frontera norte y desde allá se derrama en cascada sobre el resto del país, el costo en dinero y en vidas ha sido altísimo, y sin embargo no es allá que se encuentra la raíz de nuestros males, sino en la corrupción y fracaso del sistema educativo, en la degradación del entretenimiento, en la crisis valoral de las familias, en la decadencia del sistema político partidista, en la complicidad de todos para seguir alentando una civilización reducida al espectáculo. Por lo mismo la acción tantas veces heroica del ejército se reduce a una mera poda de las ramas, toda vez que el tronco del árbol sigue robusto y rozagante.