ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El quehacer político

10 de noviembre de 2013

La experiencia cotidiana nos ha enseñado que en nuestro país como en otros muchos, el quehacer político es fundamentalmente actuación, dramaturgia. De la misma forma en que un buen actor de teatro se gana el aplauso si encarna a la perfección un papel que es solamente eso, así los actores políticos se ganan el voto si asumen ante su público los gestos, ademanes, poses y sobre todo, el discurso que la gente espera oír.

Poner cara de circunstancias ante una catástrofe que se pudo evitar con una buena gestión, vestirse de mezclilla y chaqueta para visitar damnificados, de fino traje y corbata de seda cuando se habla ante los empresarios, todo acaba siendo parte de la actuación aprendida.

Por lo mismo los políticos en general más que preocuparse por desarrollar un trabajo efectivo e inteligente, se preocupan por hacer una actuación afectiva y convincente, particularmente desde los años en que la política se volvió parte del espectáculo, y las campañas electorales un desfile de estrellas, donde habría de ganar la galanura, no la capacidad de gobierno, la chaviza metrosexual por encima de la experiencia política. En delante ni líderes genuinos ni buenos administradores, porque el líder sabe bien hacia donde quiere conducir a un país, y el administrador sabe a su vez de qué manera se organiza una buena gestión por encima de intereses de grupo o grillas subterráneas.

Los actores hábiles saben representar a la perfección los papeles más opuestos, hoy hacen de reyes, mañana de románticos enamorados o psicópatas seriales, encarnan su papel a fondo porque así lo exige el público, pero apenas termina la obra, vuelven a ser ellos, todo lo dicho y lo actuado era teatro en su más correcta expresión. Tras bambalinas están los representantes, los contratos, las condiciones de las giras, los costos negociables, la vida real. También en el mundo político, más allá del pueblo delirante que aclama a su “líder”, al líder de los pobres, o de las clases medias, o de los campesinos, están las negociaciones en serio, los arreglos entre partidos, las maquinaciones, el reparto de curules. Pero este espacio de retaguardia tiene infinitos pliegues. Siempre tras de un escenario hay otro, donde se anulan o relativizan los acuerdos tomados en el escenario anterior, se mejoran los costos y se multiplican los beneficios, desde luego, personales.

El drama funciona a pesar de ser puro teatro, porque hay quien lo pague a fin de ganar algo, un algo en una escalada compleja donde éste obtiene un puesto de vigilante y aquél uno de senador, sabiendo uno y otro que el cargo es lo de menos, lo importante es la posibilidad de ser promotor de otros a cambio de nuevos canjes, el vigilante ahora podrá dejar pasar a quien no debe, de la misma forma que el senador no dejará pasar las leyes que sí debe. En la actuación política los guiones están siempre en permanente cambio, su lenguaje es doble, de interpretaciones múltiples, pero eso es justamente lo que el público sigue pagando o es obligado a pagar por sus directivos empresariales, quienes desde luego suelen moverse entre bambalinas para conocer a los actores y sugerirles nuevos cambios al guion, en la medida que eso proteja sus intereses. Ya vendrá luego el líder obrero a desempeñar su parte en el drama, para que el espectador se sienta finalmente defendido por alguien, aunque sepa que eso también es teatro.